viernes, 13 de abril de 2018

El visitador médico (y II)




Al terminar de leer aquella carta, levanté la vista y me encontré con la mirada de angustia de la viuda de su autor y no pude más que sentir una terrible aflicción y vergüenza. Aquella mujer parecía esperar una explicación que no supe darle. Estaba tan aturdido que no sabía qué hacer ni qué decir. Todo me parecía tan irreal…

Al levantarme, las piernas apenas me sostenían. Le tendí, con manos temblorosas, las hojas de papel. Sentía como si me quemaran.

─Quédeselas. Usted sabrá mejor que yo qué hacer con ellas. Esto tendría que hacerse público.

Balbuceé algo que incluso a mí me resultó ininteligible y me marché sin despedirme. La cabeza me daba vueltas. Por fin entendía lo que Emilio quiso decirme con aquellas enigmáticas palabras la última vez que nos vimos.



El nuevo medicamento se había aprobado gracias a un soborno que el laboratorio había llevado a cabo. Altos responsables del Ministerio de Sanidad se habían embolsado una cuantiosa cantidad de dinero a cambio de agilizar los trámites para el lanzamiento del medicamento y asegurar su financiación pública. El doctor Millán, jefe de Oncología, y el director médico del hospital, estaban al tanto y habían accedido a promocionar el producto mediante su uso en su hospital, a sabiendas de que ello produciría un efecto dominó en otros Centros Hospitalarios del país. Emilio desconocía la cuantía del soborno, pero debía de haber sido millonario.

Mi ex jefe no especificaba cómo descubrió la trama, pero, tan pronto como lo hizo, se negó a colaborar. El mensaje estuvo bien claro desde un principio: o se introducía ese fármaco en aquel hospital de referencia en oncología o muchos serían los empleados que quedarían en la calle, empezando por la red de ventas, que se vería mermada drásticamente. Además, no podíamos ser menos que las filiales del laboratorio en otros países, donde el producto ya se utilizaba con éxito en la gran mayoría de hospitales, con pingües beneficios para la Central. Así pues, una vez conseguida la autorización para comercializar el medicamento, alguien debía dar el siguiente paso: dar un toque a uno de los oncólogos más prestigiosos del país y a su jefe, el director médico, para que, a cambio de una más que generosa recompensa, actuaran como cabeza de puente en la expansión comercial del producto en todo el país. No fue necesario presionarles más de lo que el dinero fue capaz de hacer, al saberse respaldados por unas autoridades sanitarias corruptas.

Emilio no quiso colaborar en aquella pantomima y, por lo tanto, se negó a ser el portador del cheque millonario, incluso se opuso a que alguno de sus colaboradores interviniera en aquel turbio asunto. Quién finalmente lo hizo era un misterio, pero alguien tenía que hacer la presentación formal del fármaco a quien luego lo prescribiría. Y ese fui yo. Me seleccionaron por mi audacia, me dijeron, que no fue tal. Todo estaba amañado cuando fui a visitar por segunda vez al prestigioso oncólogo. Así que todas mis dotes de persuasión no fueron reales, ya que estuvieron precedidas de un empujoncito económico. Ahora entendía el cambio radical de actitud del doctor Millán, que pasó de la mayor frialdad y escepticismo ante las maravillas que le contaba sobre el fármaco la primera vez que le visité al entusiasmo por utilizarlo en sus pacientes aquejados de cáncer de próstata, en mi segunda intentona, tan solo una semana después. Yo no hice nada más que interpretar un papel de reparto, con las cuatro líneas aprendidas de memoria y sin mérito alguno en la consecución de ese éxito teatral tan formidable.

Emilio pasó, por lo tanto, a ser un elemento indeseable y peligroso. Sabía demasiado. De ahí que lo apartaran de su empleo y de la Empresa, de la que percibió una generosa indemnización. A ojos de los demás, se le había rescindido el contrato por su falta de compromiso y entusiasmo en la consecución de los objetivos de la Compañía.

Todo fue sobre ruedas, según lo esperado, hasta que apareció un efecto secundario grave en algunos pacientes que estaban siendo tratados con el medicamento innovador. Las alarmas se dispararon dentro y fuera del hospital. A pesar de los esfuerzos del doctor Millán para tranquilizar a los pacientes y acallar al personal sanitario implicado ─médicos adjuntos y enfermeras─, los rumores acabaron extendiéndose hasta convertirse en noticia pública. Si se relacionaba ese hallazgo inesperado con el medicamento, la empresa se vería abocada a un nuevo descalabro económico, pero este de consecuencias imprevisibles. Había que evitarlo a toda costa.

Alertadas las autoridades sanitarias de la sospecha más que razonable de la relación existente entre el fármaco y el efecto secundario, algo que debería haberse evidenciado en los estudios clínicos previos a su autorización, temieron verse involucradas en el escándalo, que por algún extraño vericueto saliera a la luz su delito de cohecho, y exigieron al laboratorio que tomara las medidas oportunas para que nadie de los que tuvieran conocimiento de su mediación se fuera de la lengua. Para ellos, el laboratorio podía irse al garete, pero el asunto no podía salpicarles. Incluso podía ser que el propio Ministro de Sanidad estuviera en el ajo. No quedaba, pues, otra salida que eliminar todo rastro que les inculpara.



Me fui a casa mucho más preocupado de lo que estaba cuando salí. Entonces lo vi claro. El laboratorio debía sospechar que yo también estaba al corriente de todo. Posiblemente alguien nos había visto charlando en aquel bar y dedujo que Emilio me lo había contado. Pero de momento solo se habían deshecho de él, el testigo principal. Pensé que quizá no debían estar seguros de mi “inocencia” y me estaban poniendo a prueba. Si no sabía nada, creería que esos anónimos eran obra de un lunático y, a lo sumo, iría a la policía. Y sin pruebas de la autoría, el caso quedaría archivado y me dejarían en paz. Pero si estaba al corriente, me acojonaría y mantendría la boca cerrada. Y ahí terminaría todo. Con un muerto era suficiente.

¿Qué podía hacer yo con la carta que me había entregado la viuda de Emilio? Me dijo que hiciera con ella lo que creyera más conveniente para destapar la trama y el asesinato de su marido, que ella no se atrevía a hacerlo por temor a que también la asesinaran, pues estaba segura de que la espiaban. ¿Y por qué yo había de hacerlo? Si la tenían bajo vigilancia, también me tendrían vigilado a mí. Y si me habían sorprendido hablando con Emilio semanas atrás y ahora me habían visto salir de la casa de su viuda, atarían cabos y vendrían a por mí. Ya no valdrían los anónimos, ahora pasarían a la acción. De esto estaba seguro.

La prueba de ello solo tardó en hacerse visible el tiempo que tardé en llegar a casa. El nuevo anónimo que me encontré no dejaba lugar a dudas: “Si te vas de la lengua, eres hombre muerto”.

Comprendí que tenía los días contados. Tanto si iba a la policía como si no, tenía un pie en la tumba. Podía ir a hablar con el director general de la Empresa ─quien sin duda era el artífice de toda esa locura─ y jurarle que mantendría silencio. Pero ¿me creería? Además, si es que todavía no lo sabía, querría saber quién me había informado y la pobre viuda sería la próxima en desaparecer. No sabía qué hacer. Desaparecer sería lo más prudente. Nadie me echaría en falta, solo los compañeros de trabajo.

Hice el equipaje como siempre se ha visto en el cine de acción, embutiendo lo indispensable en una bolsa, para pasar más inadvertida mi fuga. Debía huir antes de que vinieran a por mí. El plan consistía en esconderme donde no pudieran encontrarme y, desde mi refugio, contarlo todo a la policía.

Tras dar mil vueltas por la ciudad para asegurarme de que nadie me seguía, acabé en ese hotel de mala muerte donde pensaba pasarme el tiempo que fuera necesario hasta que todo hubiera saltado por los aires y me sintiera seguro y protegido. A la mañana siguiente llamaría a mi secretaria diciéndole que faltaría al trabajo algunos días para atender un asunto personal urgente. Aquella noche casi no pegué ojo. En los escasos momentos de sueño, dormí sobresaltado. Me asaltaban todo tipo de pesadillas. En una de ellas, unos individuos me perseguían y mi cuerpo acababa sepultado bajo los escombros de un vertedero.

Por la mañana llamé, como tenía previsto, a mi secretaria y le dije que no contaran conmigo durante unos días. Se extrañó, pero no puso ningún tipo de objeción ni preguntó acerca de ese tema tan urgente que debía resolver. Siempre había sido una secretaria eficiente y discreta. Al despedirnos, antes de colgar, me dijo algo que me dejó helado.

─Por cierto, ¿se ha enterado de lo de Engracia?
─¿Engracia? ¿Qué Engracia? ─pregunté, sospechando que nada bueno se escondía detrás de ese nombre.
─Pues Engracia, la mujer…, bueno, la viuda de Emilio Fuentes.
─¿Qué le ha ocurrido? ─volví a preguntar, temiéndome lo peor.
─Pues que la han encontrado muerta en su domicilio. Según hemos sabido, alguien entró ayer por la tarde en su casa con la intención de robar y, al descubrirlo, la mató. ¡Pobre mujer! Primero el marido se suicida y ahora esto ─y tras un profundo suspiro, colgó.

Pobre mujer y pobre de mí, pensé, tras colgar el auricular del teléfono de la mesilla de noche.

Pasé todo el día en la cama, recapacitando. Rechacé el servicio de habitaciones, no fuera a colarse un asesino a sueldo vestido de personal de la limpieza. Todo lo que comí fueron unos sandwiches que adquirí de la máquina expendedora que había en el pasillo de mi planta, frente al ascensor. Ir de mi habitación hasta la máquina y volver resultó toda una proeza. Esos veinte metros escasos se me hicieron eternos y peligrosos. En cualquier momento podía hacer su aparición un matón y pillarme desprevenido. Parecía más un ladrón que un huésped.

Cuando por fin me sentí con fuerzas suficientes, llamé a la policía. Me pasaron, tal como solicité, con el investigador encargado del caso de la muerte de Engracia Romero, viuda de Emilio Fuentes. Le conté todo lo que sabía. Le aturrullé de tal modo que tuvo que interrumpirme en varias ocasiones para que me tranquilizara y se lo contara todo más despacio. Me dio la sensación de que me creía. Por lo menos no me tomó por un chiflado. Me pidió que acudiera a la comisaria para poner una denuncia. Ante mi renuencia a salir del hotel, temiendo ser abordado por un sicario, se ofreció a venir a buscarme.

Al cabo de dos horas, cuando ya anochecía, recibí una llamada desde recepción anunciándome que un caballero, que decía ser policía, había preguntado por mí y que subía hacia mi habitación.

─¿Está usted seguro de que es policía? ─inquirí al recepcionista.
─Sí señor. Me ha mostrado su placa. Inspector… no-sé-qué.

Justo al colgar el aparato, llamaron a la puerta con los nudillos. Era una llamada impaciente. Me acerqué a la puerta y pregunté, por precaución, quién era.

─Abra. Policía.

Por un momento dudé de su veracidad. Solo habían transcurrido unos pocos segundos cuando el individuo añadió:

─¿Es usted Ramiro Beneitez? ─preguntó con un tono imperativo.
─Sí, soy yo ─acerté a decir con un hilo de voz, como si no quisiera que nadie más se enterara.
─Pues haga el favor de abrir. Hace apenas dos horas que hablamos por teléfono. Usted nos llamó y, por lo que me dijo, tiene información muy… delicada que quiere compartir con nosotros. Como le dije, tiene que acompañarme a comisaría para hacer una declaración en toda regla.

Esto último lo oí cuando ya había entreabierto la puerta dejando la cadena puesta. Lo primero que vi ante mis ojos fue un documento de identificación policial, tras el cual una cara de pocos amigos me insinuaba que le dejara pasar o que saliera de una vez.

¿Por qué los policías infunden siempre temor o desconfianza? Parecen gente amargada. ¿Será por el sueldo que perciben o por el trabajo que se ven obligados a hacer? El caso es que le seguí hasta el ascensor y bajamos a recepción. En el corto trayecto ─solo eran tres pisos─ ninguno de los dos dijo esta boca es mía. El tipo olía a tabaco y a alcohol. Esto último me desconcertó. ¿Acaso no tienen prohibido beber mientras están de servicio? De pronto me asaltaron las dudas. ¿Y si no era policía sino un matón y el documento que me había mostrado era falso? Las piernas me temblaban solo al pensar que había podido caer en una trampa. Pero al salir a la calle me tranquilicé al observar que un coche patrulla nos estaba esperando.

El policía me invitó a subir con él en la parte de atrás. Una vez en el interior del vehículo, vi que además del conductor había otro individuo en el asiento del copiloto. ¿Tres policías para llevarme hasta la comisaría?

El tipo debió notar mi nerviosismo.

─Tranquilo ─me dijo dándome unas palmaditas en la rodilla─. Es por su seguridad. Si lo que me ha contado por teléfono es cierto, corre usted un serio peligro.

Respiré hondo e intenté relajarme durante el camino hacia nuestro destino. Pero este se hacía esperar más de lo debido. ¿Dónde está esa maldita comisaría?, me pregunté. Al poco comprendí que no era la comisaría adonde nos dirigíamos.


El seguro de la puerta estaba puesto y no he podido liberarlo. He intentado forzarla inútilmente. Mi acompañante me ha sujetado por el brazo. “Tranquilo”, me ha repetido.

Ya en las afueras de la ciudad y en plena noche, las dudas se han disipado al instante.

Hasta aquí hemos llegado, donde nadie me encontrará, en un vertedero municipal. Y el tipo que dijo ser, o que es, policía ─esto nunca lo sabré─, me está apuntando con un arma. Alguien ha accionado la apertura automática de la puerta.

─Sal del coche. Andando. Y no intentes escapar. Será inútil.

Y pensar que todo empezó con un simple y amistoso apretón de manos.


FIN



martes, 10 de abril de 2018

El visitador médico (I)




Nunca hubiera imaginado que, tras más de veinte años de fiel dedicación a la empresa, acabara de este modo, refugiado primero en un hotelucho de mala muerte, temiendo la aparición de un sicario, y luego sentado en la parte trasera de un coche policial, escoltado por tres agentes hacia un destino incierto.

Yo, que llegué a ser un empleado ejemplar de una de las más prestigiosas multinacionales farmacéuticas, me convertí, de la noche a la mañana, en una rata asustada buscando refugio donde no lo había. No podía recurrir a nadie. Todos me habrían dado la espalda. Las únicas personas que podían echarme un cable estaban muertas.

Quién me hubiera dicho que todo empezaría tras un simple y amistoso apretón de manos.

La empresa acababa de introducir un novedoso y eficaz medicamento contra el cáncer de próstata en uno de los más importantes hospitales del país y centro de referencia en oncología. No fue tarea fácil, habida cuenta del elevado precio del preparado y las restricciones en el gasto farmacéutico dentro del Sistema Nacional de Salud. Pero mi poder de persuasión, junto con la comprobada eficacia del producto, hizo posible obtener la opinión favorable del director del departamento de oncología del hospital, el doctor Millán De La Fuente, líder de opinión en este campo. Teníamos a nuestro favor el respaldo de las autoridades sanitarias del país, que no habían dudado en agilizar al máximo el proceso de autorización de comercialización del fármaco y que aceptaron considerarlo el tratamiento de elección para esa patología. Era de esperar que su introducción en dicho hospital produciría un efecto dominó y que la gran mayoría de centros hospitalarios nacionales seguirían el ejemplo del eminente oncólogo. Todo eso fue lo que creí entonces. Ahora sé que todo estaba amañado y que yo solo fui un peón en la tabla de ajedrez.

Como consecuencia de ese logro, las ventas se dispararían de tal modo que volveríamos a figurar entre los tres primeros puestos en el ranking de laboratorios farmacéuticos del mundo, una posición que habíamos perdido desde que, cinco años atrás, el Ministerio de Sanidad retirara del mercado un producto antigripal de la Compañía que, no solo no había demostrado una suficiente efectividad, sino que provocó la muerte de varios consumidores. El hecho demostrado de que los fallecimientos se debieron a una interacción inesperada entre el nuevo preparado y uno de los medicamentos más utilizados para el control de la hipertensión ─interacción que, a modo de advertencia, podría haberse incluido en el prospecto─, no fue óbice para que las autoridades sanitarias decretaran su retirada inmediata. Ello causó un descalabro en la economía empresarial, tras invertir en ese producto mil millones de dólares y más de diez años de investigación y desarrollo. Pero con el nuevo lanzamiento para el cáncer de próstata, una patología con una incidencia mundial superior al diez por ciento en los varones mayores de sesenta y cinco años, la Empresa saldría de ese bache y volvería a un porcentaje de crecimiento anual de dos dígitos. Los accionistas estarían más que satisfechos, al igual que los directivos, que verían, de paso, acrecentar su paga de beneficios a final de año. Para el resto del personal supondría una seguridad en sus puestos de trabajo y un aumento salarial por encima de lo fijado por el convenio del sector.

En mi caso, ese logro me supuso una promoción y un bonus por objetivos muy sustancioso. Me nombraron Director Nacional de Ventas y, de pronto, tuve bajo mi mando a más de doscientos delegados de visita médica. Pero no todo el mundo salió ganando con este éxito. Sin quererlo, me gané la enemistad de Emilio Fuentes, mi predecesor en el cargo, que perdió su puesto de trabajo al ser despedido por “falta de compromiso”.

Aun lamentando ese incidente ─pues, aunque Emilio nunca fue una persona de mi agrado, me pareció que el motivo esgrimido para su despido no se correspondía con su forma de ser─, me alegré por la confianza depositada en mí por la Empresa. Desde entonces trabajé más duro si cabe, para demostrar que era merecedor de mi nuevo cargo, sin sospechar que en menos de medio año estaría temiendo por mi vida. Nunca hubiera imaginado que aquel éxito, sellado con un apretón de manos con el doctor Millán, supondría una pesadilla como la que he vivido estas últimas semanas.

Solo tuvieron que pasar unos dos meses desde mi ascenso para que recibiera el primer toque de atención. Fue un viernes por la tarde, al volver a casa después de una reunión de trabajo con mi equipo. Al entrar en mi apartamento descubrí una hoja de papel en el suelo, que alguien debió de haber pasado por debajo de la puerta. La nota, compuesta por letras recortadas de algún periódico o revista era muy escueta: “Ándate con cuidado”. Eso fue más que suficiente para alarmarme. ¿Sería un error, la obra de un lunático o realmente alguien me quería mal? Pero ¿quién podía tener algo contra mí? Si tenía que sospechar de alguien, solo me vino a la mente Emilio, mi ex jefe, que, indignado por lo que él debía considerar una injusticia, quería hacerme pagar su infortunio. No sabía hasta qué punto debía tomármelo en serio. Quizá solo era un arrebato de ira y quería hacérmelo pagar amedrentándome. A sus más de cincuenta años, no le sería nada fácil hallar un nuevo trabajo. Justo era, pues, que estuviera indignado. Pero yo no tenía culpa alguna de su destitución y mucho menos de que hubiera ido al paro. Pero conocía su carácter iracundo, de modo que cualquier cosa se podía esperar de aquel individuo. Esperé en vano a que la situación se tranquilizara y que todo volviera a la normalidad, pero las notas se sucedían, semana tras semana, y siempre con el mismo tipo de amenazas.

Tras recibir los primeros anónimos, y antes de acudir a la policía, instalé una pequeña cámara de vigilancia en el rellano de mi vivienda para probar su autoría ante las autoridades, pero la imagen que aquella me ofreció no aclaraba la identidad de quien me amenazaba. No sé si se percató de la vigilancia, pero el individuo iba perfectamente pertrechado para no dejar a la vista nada que le delatara. Abrigo, bufanda y sombrero ocultaban perfectamente su rostro, y su corpulencia no era determinante para afirmar que se trataba de mi sospechoso. Como resultaba difícil atraparlo in fraganti, pues actuaba cuando yo estaba trabajando, decidí ir a su encuentro, plantarle cara, que supiera que estaba al corriente de su fechoría y que, si no cesaba con su acoso y amenazas, le denunciaría. Le haría creer que la cámara le había delatado, que aumentando la imagen había podido ver claramente esa verruga tan desagradable que tenía junto al ojo derecho.

Me abrió la puerta su esposa. Pregunté por su marido, a la vez que miraba por encima de su hombro por si este aparecía. Por toda respuesta, un rictus de dolor y una mirada de desconcierto acudieron a su cara.

─¿Quién pregunta por él? ─quiso saber.

Y tras presentarme, no sin cierta aprensión, por si también guardaba algún recelo contra mí, simplemente dijo con un deje de amargura:

─¿Acaso no se ha enterado? Mi marido lleva dos semanas muerto.
─¿Cómo? ¿Muerto? ─acerté a decir sin acabar de creérmelo.
─Si, muerto, ha oído bien. La policía dijo que se suicidó, pero estoy convencida de que no fue así, ni tan solo creo que se tratara de un accidente. Alguien le empujó a la vía del metro.

De pronto recordé la última vez que le vi y lo enigmático que estuvo. Fue en el bar en el que solíamos reunirnos algunos miembros del equipo, cuando era un simple “vendedor”, como él nos llamaba. Fue un encuentro casual. Recuerdo que estaba muy desmejorado y un poco bebido.

─¿Cómo te va, Ramiro? ─me preguntó con una sonrisita que no supe interpretar.
─Pues muy bien, ya sabes, trabajando duro. Oye, siento que acabaras en el paro. Todavía no entiendo lo que sucedió ─fue todo lo que se me ocurrió decirle.
─Ya, ya, claro. Así que te parece ético todo ese asunto, ¿no? ─ahora la pregunta ya no iba acompañada de sonrisa alguna. Parecía una acusación velada.
─¿Ético el qué? ¿A qué te refieres? Yo hice lo que tenía que hacer. ¿Desde cuándo convencer al doctor Millán para que utilizara nuestro fármaco es algo ilegal o inmoral? ¿Acaso no es lo que siempre hacemos? Es nuestro trabajo, para eso nos pagan, ¿A qué viene esto?
─¿Lo dices en serio? ¿De verdad piensas que solo fue eso? Todavía no sé cómo pudiste aceptar el cargo y lo que ello implicaba.
─No te entiendo. ¿De qué me estás hablando?
─¿Sabes qué? ─me dijo, alzando la voz estropajosa─ Que te den. Ya te estallará todo en las narices y entonces me reiré, por imbécil, por cabrón, o por las dos cosas a la vez.
─Pero ¿de qué va todo esto? ¿Qué mosca te ha picado? ─ahora fui yo quien alzó la voz.

Lo último que recuerdo de él es su mirada, primero odiosa y luego, en cuestión de segundos, compasiva, y su salida del bar a trompicones. Si se hubiera sincerado conmigo, ahora quizá no me encontraría en esta situación.

La voz de aquella mujer, plantada en el quicio de la puerta, me devolvió a la realidad.

─¿Quiere pasar?
─Si no es molestia ─pensé que hacerle un momento de compañía no nos vendría mal a ninguno de los dos. Le hablaría de lo buen jefe que fue ─una buena ocasión para las mentiras piadosas─ y quizá ella me contaría la verdad de su despido, que propició, en cierto modo, mi ascenso.

La mujer llevaba, al parecer, mucho tiempo deseando desahogarse y decidió desvelarme la verdad, la que ella misma había ignorado hasta encontrar la carta que su difunto marido había dejado escrita, seguramente sospechando que irían a por él.

Me hizo pasar a un saloncito en el que las fotografías de familia eran el común denominador, mirara donde mirase. En un marco de plata, una fotografía de su boda, con un Emilio Fuentes muy joven y sonriente, junto a su flamante novia que parecía estar en la gloria. Visto en esa foto, ya un tanto desvaída, parecía un hombre distinto al que conocí, sin ningún rastro de la amargura que siempre parecía acompañarle. Tiempos felices, sin duda, pensé. Fotos que pretendían inmortalizar viajes y celebraciones, el nacimiento, el bautizo y la primera comunión de sus dos hijos, fotos de juventud y de madurez, de cuando todo iba bien y no tenían nada que temer. Recorrí la vista por todo el espacio, deteniéndome en cada una de ellas. Yo no tenía hijos, ni mujer, ni siquiera hermanos, y mis padres habían fallecido años atrás. A ese hombre le llorarían su esposa, hijos y, probablemente, nietos. A mí, en caso de ocurrirme algo, nadie me echaría en falta.

En eso andaba cavilando cuando la viuda de Emilio apareció con un sobre en las manos.

─Mejor que lo lea usted. Yo hay cosas que no acabo de entender. Lo único que queda claro es que a mi marido se lo sacaron de en medio porque no quiso colaborar en algo muy feo y que, de haberlo denunciado, habrían metido a más de uno en la cárcel. Eso es lo que viene a decir esta carta escrita de su puño y letra.

Era una carta muy prolija. En cuatro folios escritos, con letra menuda y apretada, por ambas caras, Emilio explicaba de forma pormenorizada lo que antecedió a su despido y a mi ascenso. A medida que avanzaba en la lectura de aquella confesión, se me secaba cada vez más la boca. El vaso de agua que su mujer me había ofrecido no servía para aliviar la sed y el sofoco que aquella información me provocaba.


CONTINUARÁ...

martes, 20 de marzo de 2018

El juego de las apariencias




En mi juventud los noviazgos se hacían eternos, generalmente porque los jóvenes se ennoviaban a muy temprana edad. Mi caso fue muy distinto, pues no tuve novia, según el concepto de la época ─una relación fija, estable y formal─, hasta los veinticuatro.

Por aquel entonces andaba yo muy corto de dinero. Me acababa de independizar ─vivía en un piso compartido con otros tres amigos de la Facultad─ y la beca que cobraba del entonces Ministerio de Educación y Ciencia justo me alcanzaba para cubrir los gastos más elementales. Lucia, mi novia, todavía andaba más apurada que yo. Estudiaba Psicología en la autónoma y complementaba la mísera paga que le daban en casa dando clases particulares de latín a una niña de cuarto de bachillerato. Así las cosas, solo podíamos salir los fines de semana, y toda nuestra diversión consistía en ir al cine y merendar unos bocadillos los sábados y pasear los domingos.

Los sábados resultaban muy entretenidos ─a los dos nos encantaba el séptimo arte e íbamos siempre a las sesiones continuas de cines de barrio─, pero las tardes de los domingos eran bastante tediosas. Nos pateábamos el centro de la ciudad hasta que nuestros pies reclamaban a gritos un descanso. Entonces entrábamos en un bar y pasábamos el resto de la tarde con una única consumición para cada uno, charlando de esto y de aquello hasta la hora de despedirnos.

Cuando hacía buen tiempo hacíamos un extra y nos permitíamos el lujo de cambiar el interior de un bar por una terraza en Las Ramblas, esa arteria barcelonesa repleta de personajes de lo más variopinto. Una vez aposentados de cara a los paseantes, nuestro divertimento preferido consistía en observarlos y conjeturar cómo eran sus vidas. De hecho, fue Lucía quien instauró ese juego. Era muy observadora y a mí me divertía ver cómo justificaba sus deducciones. Pero por mucha psicología que quisiera practicar resultaba muy peregrino sacar cualquier conclusión sin entablar conversación con los observados.

Un día del mes de junio se sentó a dos mesas de distancia de donde estábamos acomodados, una pareja un tanto desigual, ella una rubia platino de buen ver, al estilo Marilyn Monroe, y él un sesentón y elegante hombre de negocios ─según convinimos─, mofletudo, de tripa abultada y pelo canoso y escaso, con cara de pocos amigos.

─Esos dos están de morros ─afirmó categóricamente Laura, a lo que no puse ninguna objeción por lo evidente que resultaba.
─Ella es su amante y él ha descubierto que le es infiel con un tío mucho más joven ─añadí, para animar el juego.
─Y él le está pidiendo, o más bien exigiendo, que abandone de inmediato a su gigoló, con la amenaza de no aflojar más la pasta si no se comporta como es debido, como una amante fiel ─remató ella.

De hecho, las miradas que intercambiaban aquellos dos denotaban a las claras desavenencia y enfado. Teníamos, pues, un conflicto a primera vista. Aunque aguzamos el oído todo lo posible, la algarabía reinante al aire libre nos impedía entender lo que se decían y la lectura de los labios no era nuestro fuerte.

En un momento dado, ella se levantó con tal ímpetu que hizo tambalear la mesa. El vaso del hombre volcó y a punto estuvo de derramar el rojo y líquido elemento ─un Martini Rosso, sin duda─ sobre su regazo. Este se apartó veloz, no fuera a mancharle el traje, y ante el desplante de la rubia, masculló algo seguramente insultante porque ella se giró y oímos un alto y claro “que te den”. Todas las cabezas se giraron hacia quien había proferido tal vulgaridad, pero la interfecta ya se alejaba Ramblas abajo contoneándose dentro de una estrecha falda de tubo y sobre unos zapatos con tacón de aguja.

Pero este no habría sido más que un hecho anecdótico aislado si a la semana siguiente no hubiera aparecido de nuevo la mujer rubia platino, pero esta vez acompañada por un hombre bastante más joven que ella. Por fortuna para nosotros, tomaron asiento justo en la mesa de al lado, de modo que la proximidad tenía que facilitarnos la tarea de espionaje y satisfacer nuestra malsana curiosidad.

─Ella tendrá unos cuarenta y… cinco y él unos treinta y… dos ─afirmó Lucía, que eso de calcular las edades se le daba mucho mejor que a mí.
─O sea, que es su gigoló ─afirmé complaciente.
─¿Y cómo es que vienen aquí, donde podría verlos el vejestorio barrigudo de la semana pasada? ─apuntó certeramente mi novia.
─Pues porque ya se lo deben haber cargado ─rematé riendo mi propia broma.
─Pues no te rías, que puede que tengas razón.

Me quedé boquiabierto ante la tranquilidad con la que Lucía había afirmado aquella macabra posibilidad e iba a decir algo, no sé bien qué, cuando el camarero, el mismo de la semana anterior, se interpuso entre nuestras mesas y les preguntó qué iban a tomar. A ella la saludó como si fuera una vieja conocida, no así al guaperas, al que ni siquiera se molestó en mirar.

Por mucho que inclinara mi cuerpo para acortar distancias, no logré oír lo que decían. Incluso el codo en el que me apuntalaba resbaló del apoyabrazos, dándome una sacudida que intenté disimular como pude. Hablaban casi en susurros y el ruido ambiente solo me permitía captar palabras sueltas.

─A ella se la ve satisfecha, pero él…
─Se deja querer ─completé la frase de Lucía.
─No, no. Lo que iba a decir es que a él hay algo que le desagrada, pues se le ve incómodo.
─Igual se habrán enfadado. A lo mejor él le ha pedido algún capricho y ella ya empieza a estar harta de tanto aflojar la mosca.
─¿Y qué habrá sido del que le pagaba a ella las facturas y, de paso, las alegrías de ambos?
─Pues lo que dijiste antes, se lo habrán cepillado ─dije para seguirle el juego.
─Ya sé lo que he dicho, pero ¿cargarse a la gallina de los huevos de oro? ¿Quién correrá ahora con los gastos y caprichos de estos dos?

Y así transcurrió aquella tarde veraniega al aire libre, construyendo una historia lo más rocambolesca posible sobre los líos amorosos y planes criminales de nuestros vecinos de mesa, hasta que nos dimos cuenta de que estos acababan de ahuecar el ala y el camarero estaba recogiendo la mesa que habían dejado vacía. Observamos cómo este, mientras la limpiaba y se guardaba la propina en la cartuchera, dirigía su mirada a lo lejos meneando la cabeza en señal de desaprobación. Seguimos instintivamente su mirada y todavía pudimos distinguir a la pareja de amantes andando lentamente y muy pegados, como dos tortolitos. Fuera lo que fuese que en un principio había incomodado al joven, a la vista estaba que ya no le importaba en absoluto.

Como reacción al suspiro de resignación del camarero, Lucía se atrevió a abordarle.

─¿Conoce usted a esos dos? ─le preguntó sin miramientos.
─¿Qué si les conozco, dice usted? En realidad, a quien conozco muy bien es al señor Sampedro, con el que suele venir esa rubia despampanante. A ella solo de vista y desde hace unos meses. Pero a ese fulano que va hoy con ella solo le he visto un par de veces por el barrio. Es un vividor. Ya me entiende, ¿no?

Y ante la mirada de interrogación de Lucía, le dije, guiñándole un ojo:

─Lo que suponíamos, cariño.

La semana siguiente, la compañía telefónica debió incrementar notablemente sus ingresos a nuestra costa, pues Lucía y yo pasamos largas horas pegados al teléfono ─en aquella época una llamada de Barcelona a Sant Cugat, donde ella vivía, era facturada casi como una conferencia a larga distancia─ discutiendo la historia que habíamos colegido alrededor de aquellos tres personajes. Yo hubiera dado el tema por zanjado, nunca he sido amante de los chismorreos, pero debo reconocer que el asunto me intrigada, aunque no tanto como a ella, que insistía en que algo muy turbio había detrás de aquellos dos tortolitos: la Mata Hari y el American Gigolo, como ya los había bautizado.

Mi querida Lucía estaba convencida de que aquellos dos habían asesinado al amante de ella para quedarse con todo su dinero. Llegó a montar tal historia que casi llegó a convencerme. Pero si lo habían matado, alguien tendría que saber de la muerte de aquel tal Sampedro, y el camarero nos habló de él como si todavía estuviera vivo. Si lo habían liquidado en su casa y dejado allí su cadáver, los vecinos deberían haber detectado un hedor nauseabundo, después de tantos días de haberlo dejado fiambre. Claro que podían haberlo hecho desaparecer, lanzando el cuerpo al mar o a un vertedero, por poner solo dos ejemplos.

Lucía, testaruda como una mula, insistió en que teníamos que hacer algo para hallar pruebas del asesinato para poderlo denunciar a la policía. Y el primer paso consistía en personarnos en el domicilio del presunto finado, cuya dirección nos había facilitado el amable camarero que tan bien dijo conocer al maduro hombre de negocios, que resultó ser, según nuestro improvisado confidente, un acomodado joyero retirado.

─Nos presentamos en casa del joyero y si nos abre él la puerta, cosa altamente improbable, soltamos cualquier excusa, damos media vuelta y lo dejamos correr, ¿vale? ─me propuso Lucía, sin darme la oportunidad de oponerme, cuando, el sábado siguiente, llevábamos más de una hora sentados en la misma terraza de las Ramblas sin que ninguno de los sospechosos ni el señor Sampedro, solo o con su rubia amante, hubieran hecho acto de presencia.
─Pero mujer… ─fue todo lo que me atreví a decir para intentar disuadirla.
─¿Es que no lo ves? Si no han venido es porque, tal como presumía, el joyero está muerto, y esos dos tortolitos ya tienen lo que querían y se han dado el piro.
─¿Y qué ganaremos llamando a la puerta de un difunto, si se puede saber? ─se me ocurrió soltar aun dudando de la efectividad de mi lógica reflexión.
─Pues alertar a los vecinos. Si el viejo verde ese no contesta, llamamos a otra puerta, o a las que hagan falta, preguntando por él, argumentando que nos extraña su silencio, y si todos dicen no haberle visto en días, insinuaremos que algo malo puede haberle ocurrido y ¡zas!
─¿Y ¡zas! qué?
─Pues que a la gente le gusta meter las narices en la vida de los demás y les encanta el morbo, y en cuanto huelan a desgracia se movilizarán y llamarán a los municipales, y ahí es donde entramos nosotros dando nuestra versión de los hechos.
─Sí, eso de que a la gente les gusta meterse en la vida de los demás, ya lo veo recalqué con retintín.
─¿Qué insinúas? Que conste que yo solo lo hago por el bien de ese pobre hombre.
─¿Ahora es un pobre hombre? ¿Ya no es un viejo verde?

Ya no abrí más la boca ─no fuera que mi psicóloga favorita llevara una psicópata camuflada bajo la piel, viendo la mirada asesina que me dirigió─ hasta que, tras el cuarto timbrazo, nadie contestó a nuestra llamada.

─Oye, ¿y si nos largamos? ─manifesté como último e infructuoso recurso.
─¡Pero qué dices! Ni hablar. Tenemos que seguir con nuestro plan ─ahora resultaba que era nuestro plan─ llamando a la puerta de al lado. Venga, llama.
─¿Quién, yo?

Pero cuando me disponía a seguir las indicaciones de mi querida y persuasiva novia, oímos unos pasos apresurados que se acercaban a la puerta y cómo una voz femenina preguntaba:

─¿Quién es?

Lucía y yo intercambiamos una mirada de asombro y de duda. ¿Una mujer? ¿Sería la rubia? ¿Y ahora qué? Pero antes de que pudiera articular palabra, Lucía se me adelantó.

─Ejem, perdone, pero estamos buscando al señor Sampedro. Se trata de algo muy importante ─yo no podía creer que estuviera pasando lo que estaba pasando.

Y tras un ruido que parecía que estuvieran descorriendo los cerrojos de una mazmorra medieval, la puerta se entreabrió y apareció la cara interrogante y de pocos amigos de la rubia platino que, con el cabello revuelto como si acabara de levantarse de la cama o de pelearse con alguien, nos preguntó qué era eso tan importante que…

Y antes de que terminara su pregunta, Lucía abrió la puerta de un empujón, haciendo perder el equilibrio a la Marilyn de pacotilla, y se introdujo en el piso en penumbra, ante las airadas protestas de la susodicha, que nos amenazaba con llamar a la policía.

─¿Dónde está el señor Sampedro, eh? ¿Qué han hecho con él? ¿Dónde han metido al cadáver?

Yo seguía en el umbral de la puerta, petrificado. No sabía si salir huyendo y dejar a mi pareja en manos de unos asesinos, o de la policía, o cargar también con las consecuencias de cualquiera de las dos posibilidades, como acto de amor e inmerecida solidaridad.

Acto seguido, todo se precipitó en cuestión de segundos. Vi cómo Lucía se paraba a los pocos metros de haber recorrido el largo pasillo que partía del recibidor, giraba a la derecha sobre sus talones y abría impetuosamente una puerta, de la que surgió un haz de luz que la deslumbró. A continuación, todo fueron gritos, voces de dos hombres, y de dos mujeres. Las mujeres que chillaban eran la rubia platino, que agarraba a Lucía por los pelos, y la propia Lucía, pero no de dolor sino de la sorpresa mayúscula que se llevó al ver en la cama, como Dios los trajo al mundo, al supuestamente asesinado Sampedro y al joven gigoló.

Y tanto jaleo por un ménage à trois.



Imagen obtenida de internet



viernes, 9 de marzo de 2018

El donante




Quién me iba a decir que mi altruismo, cuando atendí a aquella joven, me llevaría a la situación en la que me encuentro. “¿Quiere registrarse como donante de órganos?”, me preguntó en la entrada del hospital donde acababan de ingresar a un amigo.

Siempre que surgía el tema, no dudaba en declararme totalmente a favor de donar mis órganos una vez ya no me fueran de utilidad. Nunca entendí esa reticencia de algunos a ceder los órganos de su ser querido cuando, recientemente fallecido, el personal sanitario les interroga sobre esa posibilidad. ¿Cómo pueden negarse a algo que puede salvar la vida de otra persona?

Y esta creencia fue lo que me impulsó a rellenar esa hoja que tan amablemente me tendió aquella chica rubia y de ojos azules que, al despedirse, se deshizo en halagos y agradecimientos por mi generosa contribución.

Tan pronto como llegué a casa y se lo conté a mi mujer, esta me reprochó mi insensatez. “Ahora te tienen fichado como donante de órganos. ¿Quién te dice que un día no irán a por ti? Imagínate por un momento que un millonario necesita de pronto un trasplante y, viendo la escasez de órganos, ofrece una gran suma de dinero para que le consigan el que necesita y ahí estás tú para obsequiárselo generosamente”.

Si bien en un primer momento me quedé helado ante esa posibilidad, deseché de inmediato tal disparate, más propio de una película de terror que de la vida real. Incluso acabé riéndome y ridiculizando sus exagerados temores. ¡Siempre tan suspicaz y malpensada! Entre los argumentos para rebatir su suposición, le dije que no sabían mi grupo sanguíneo, ni mi Rh, ni nada que les indicara mi idoneidad y compatibilidad como donante. Solo había facilitado mi identidad, domicilio y poco más, y lo único que iba a recibir, a cambio, era una tarjeta cuyos datos, según me había asegurado aquella chica rubia y de ojos azules, no podían ser consultados por nadie. Era un puro trámite que solo servía para identificarme como donante en caso de accidente. Mi mujer, nada convencida, insistió en que mi información pasaría a engrosar una base de datos que sirve para buscar, entre todos los donantes registrados, el que pueda ser compatible con un determinado receptor. Para quitar importancia al asunto le dije que en nuestro país actualmente todos somos donantes de órganos a menos que hayamos dejado constancia en vida de nuestra oposición. Ella, a su vez, argumentó que no hacía falta anticiparse y formar parte de ninguna base de datos ─y dale con la dichosa base de datos─, que cuando uno de los dos falleciera, el otro ya se encargaría de dar su consentimiento a un posible trasplante, algo que, por otra parte, ya habíamos comentado en más de una ocasión. “Porque, a pesar de lo que dices sobre que todos somos donantes por ley, a la hora de la verdad, me consta que siempre preguntan a los familiares. Parece que estés pidiendo a gritos que te capturen y te diseccionen cuando todavía gozas de buena salud. ¿Acaso no has oído hablar del tráfico de órganos? Mira a los pobres niños de la calle en Brasil”, sentenció, enfurruñada.

Y ahí quedó la cosa hasta que, al cabo de una semana, recibí por correo electrónico un cuestionario para rellenar, una especie de últimas voluntades para que ratificaba mi deseo de, llegado el momento, donar todos mis órganos. Solo tenía que descargarlo, imprimirlo, rellenarlo, firmarlo y devolverlo escaneado. Aunque me extrañó, pues nada me había dicho de esto aquella chica rubia y de ojos azules, todo parecía muy normal, un simple trámite, como decía el correo, para poder recibir la tarjeta, hasta que al final del cuestionario encontré unas casillas, de obligada cumplimentación, según indicaba un asterisco rojo, en las que debía introducir mi grupo sanguíneo y mi factor Rh. Con el bolígrafo en alto, me quedé unos segundos dudando si seguir o no. ¿Por qué no?, me dije. ¿Acaso cuando uno es donante de sangre no forma parte de un registro en el que seguramente constan estos datos? Así que, sin dudarlo más, acabé de rellenar el documento y lo devolví firmado al remitente, una Asociación para la promoción de la donación de órganos.

¿Por qué lo haría? ¿Por qué firmaría y enviaría el maldito documento? El caso es que nunca en mi vida me he arrepentido tanto de hacer algo como lo que hice aquel maldito día. Y todo por culpa de mi temeraria ingenuidad.

Pasaron unas semanas después de haber recibido la tarjeta de donante, y casi me había olvidado del tema, cuando un día, al salir del trabajo, vi algo que me llamó poderosamente la atención. Durante todo el trayecto hasta la estación del metro, dos individuos, de aspecto un tanto sospechoso, no dejaron de seguirme, para desaparecer una vez alcancé el andén. Respiré, mucho más tranquilo, pensando que había sido una confusión por mi parte. Pero en el interior del vagón, otros dos, con el mismo aspecto de sabuesos, no me perdieron de vista hasta que llegué a la parada de destino. Debían haberse turnado en mi seguimiento para no despertar sospechas, pero resultaba evidente que venían tras de mí. Cada vez que les miraba, disimulaban dirigiendo la vista hacia otro lado o hablando entre sí. Uno sacó un periódico del bolsillo de su abrigo, lo desdobló y empezó a leerlo, o debería decir que fingía leerlo pues no dejaba de observarme por el borde superior. Todo un clásico del cine policíaco, algo muy visto y más propio de un detective torpe o primerizo. Cuando me apeé también lo hicieron ellos, pero desaparecieron entre el gentío. Volví a sentir alivio, llegando a creer que todo había sido fruto de mi imaginación o de una casualidad. Pero cuando estaba a punto de entrar en el portal de mi edificio, vi a otro individuo en la esquina más próxima, observándome y anotando algo en un pequeño bloc de notas. Entonces lo tuve claro: todo aquel seguimiento tenía por finalidad comprobar que los datos que les había facilitado sobre mi lugar de trabajo y mi domicilio habitual eran correctos. De este modo sabían dónde localizarme. ¡Mi mujer tenía razón! Aun así, quise convencerme de que ello podía obedecer a un exceso de celo por parte de la Asociación, pero otro tanto sucedió el siguiente fin de semana, siendo nuevamente objeto de un seguimiento exhaustivo. Allí donde íbamos mi mujer y yo, había siempre un retén formado por dos sujetos atentos a nuestros movimientos y costumbres. Ahora también sabían dónde tenía mi segunda residencia y cuáles eran mis movimientos en todo momento. De este modo, en cuanto necesitaran de “mis servicios”, sabrían dónde hallarme, de día y de noche, durante los días laborables y los festivos.

Este burdo espionaje se repetía a diario, supongo que para cerciorarse de que no cambiaba de hábitos. Fue entonces cuando puse en práctica un plan de distracción, simplemente para tocarles las narices. Cambié la ruta de casa al trabajo y viceversa. Sabrían donde vivía y donde trabajaba, pero si tenían que sorprenderme y raptarme durante el camino a uno u otro lugar, lo tendrían crudo. El recorrido se parecía más a una gincana. Jugaba al despiste con ellos. Entraba en un mercado concurrido y me confundía con la abundante clientela, saliendo por otra puerta; accedía a una estación de metro, pero salía por otra boca de acceso. Incluso llegué a entrar en una iglesia y salir por un patio adyacente a la sacristía. Parecía emular al fugitivo o a Robert Langdon, el famoso personaje de Dan Brown, siempre huyendo de sus perseguidores. Con estas tretas llegaba mucho más tarde a casa y al trabajo y cada vez tenía que inventar una excusa para que mi mujer no se preocupara, pues no se había percatado de nada, y para mi jefe y compañeros, que ya empezaban a estar mosqueados.

Pero la situación empeoraba cuando salíamos juntos de compras, a cenar o al cine. Si tomábamos el transporte público, siempre veía caras amenazadoras en todas partes. Si íbamos en coche, siempre mirando por el espejo retrovisor y cambiando constantemente de vía. En cuanto creía ver un vehículo que me seguía, giraba bruscamente por la primera bocacalle, a veces incluso derrapando, como en las persecuciones de las películas policíacas. Mi mujer, alarmada, acabó exigiéndome una explicación. Y no tuve más remedio que dársela. Aún recuerdo sus sonoras carcajadas y sus palabras tan pronto como pudo serenarse. Tras mi estupor inicial, fui entonces yo quien se echó a reír de forma incontenible, con unos lagrimones resbalando por mis mejillas de pura y desmedida hilaridad. Esos supuestos perseguidores eran empleados de una agencia de detectives a la que ella había recurrido para que me vigilaran y protegieran pues estaba convencida de que algún día sufriría un secuestro para vaciarme por dentro y servir como donante a la fuerza. Le estaba costando una buena pasta, pero prefería quedarse tranquila. Además, le habían hecho un precio especial por la continuidad de un servicio que se preveía perpetuo. 

Tuvo que transcurrir un mes para poderla convencer de que desistiera y cancelara el contrato con la agencia de detectives. Ninguno de los dos teníamos nada que temer. Todo era una pura y simple paranoia. Y así nos olvidamos del asunto.

Pero unos días después, a la salida del cine, nos percatamos que un par de individuos nos seguían hasta el parking, donde habían aparcado su coche a pocas plazas de distancia del nuestro. No nos perdieron de vista en todo el trayecto hasta llegar a casa. Una vez hubimos aparcado y nos encontrábamos en el portal, les vimos de nuevo detenidos enfrente, observándonos desde el interior de su vehículo, y cuando nos acercamos para verles la cara y preguntarles por qué nos estaban siguiendo, el conductor pisó el acelerador a fondo y el coche salió disparado perdiéndose en la oscuridad. Mi mujer y yo nos miramos, estupefactos primero y horrorizados después. ¿Quiénes eran esos individuos? Seguro que no eran de la agencia de detectives. Y si …

Pusimos a la venta el piso y el apartamento y empezamos a buscar una nueva residencia. También me despedí del trabajo esperando encontrar un nuevo empleo. Pero, entretanto, esos secuaces no me dejaban tranquilo ni a sol ni a sombra. Allí donde fuera, los tenía siempre pisándome los talones. Llamé a esa Asociación promotora de la donación de órganos, pero me contestaron diciendo que el número al que llamaba era particular y no correspondía a ninguna Asociación. No existía ninguna web con ese nombre y la dirección de correo electrónico desde la que me enviaron el cuestionario me daba error de envío. Así pues, los temores de mi mujer, que me parecieron tan ridículos, se habían hecho realidad. Estaba expuesto a que cualquier día acabaran conmigo. Fuimos a la policía y no dieron crédito a nuestras sospechas, y sin más datos ni pruebas no podían hacer nada. Creo que nos tomaron por unos chiflados.

Hasta que aquello no se resolviera y todo volviera a la normalidad, mi mujer se fue a vivir con su hermana. No quería ponerla en peligro. A pesar de su insistencia para que la acompañara, decidí quedarme en casa. Era a mí a quien querían y si me mudaba sabrían, de todos modos, mi nuevo paradero. Así que me quedé solo. No podía dormir pensando que en cualquier momento me convertiría en su presa. Cualquier ruido me sobresaltaba. Acabé comprándome un arma en el mercado negro y dormía con ella bajo la almohada. Pero, si quisieran, podrían entrar sin que yo les oyera y anestesiarme con un spray, me decía. Quería ser valiente y plantarles cara, pero estaba acojonado.

Por si eso fuera poco, esta tarde he oído por televisión que a uno de los hombres más ricos del país le han diagnosticado un cáncer de hígado y solo le podría salvar un trasplante, y que, al parecer, hay una larga lista de espera. En todas las cadenas han dado la noticia. ¿Seríamos compatibles? ¿Cuánto tiempo transcurriría hasta que me dieran caza? Me extrañaba no saber nada de mi mujer. De haberse enterado de ello, me habría llamado. Al ver que no lo hacía, he decidido llamarla yo para tantearla y tranquilizarla, pero no he hallado mi móvil. He pensado que o bien lo había perdido o me lo habían robado. ¿Pero dónde? Entonces he recordado que este mediodía, al salir del restaurante donde últimamente suelo almorzar, he tropezado con un chico que iba muy apresurado. Debe haber sido él quien me lo ha sustraído. Quería ir a comprar uno nuevo, pues no podía estar incomunicado y la línea fija podía estar intervenida. Pero ya era muy tarde y todas las tiendas debían estar cerradas. Mañana saldré a comprarme uno barato, me he dicho.

Había anochecido y llevaba toda la tarde mirando la calle desde la ventana, amparado por la oscuridad del salón. Llovía a cántaros. La visión no era muy buena. Todos los coches que aparcaban o se detenían frente al edificio me parecían sospechosos. Hasta entonces, todos los que se habían apeado de ellos eran conocidos del barrio o pasaban de largo. Solo uno me produjo desconfianza. Iba cubierto con un impermeable color caqui. Parecía que se dirigía hacia nuestro portal, pero se ha refugiado bajo la cornisa de la planta baja y le he perdido de vista. Aun así, lo tenía todo bajo control. El arma me daba cierta seguridad. Si alguien entraba y me atacaba, le repelería. Sería en defensa propia, aunque no tuviera permiso de armas. Me detendrían, pero un abogado encontraría la forma de que me aplicaran un atenuante. Ataque de pánico, por ejemplo. Cuando todo se aclarase, seguro que me acabarían soltando.

De pronto, he oído un leve crujido de la puerta y unos pasos ligeros que se acercaban por el corredor. El corazón me ha dado un vuelco y los pelos de la nuca se me han erizado. He comprendido que había llegado el temido momento. Tengo que ser valiente, no debe temblarme el pulso, me he dicho. He amartillado el revólver y he apuntado hacia la entrada al salón. La cortina y la oscuridad del pasillo no me dejaban ver al intruso, porque solo era uno, de eso estaba seguro, lo cual me daba una cierta ventaja. Jugaba a mi favor el factor sorpresa. Una mano ha apartado bruscamente la cortina. He disparado, una, dos, tres, cuatro veces. El intruso se ha desplomado sin emitir quejido alguno. He abierto la luz sin dejar de apuntarle. Llevaba un impermeable color caqui con la capucha puesta. Se la he retirado para verle la cara. No me lo podía creer.

En el Instituto Anatómico Forense un policía me ha conducido, esposado, hasta la sala de autopsias para proceder al reconocimiento del cadáver. “Una pura formalidad”, me ha dicho. Al abrirse la puerta corredera, se me ha acercado el médico encargado de la autopsia. “¿Por qué una autopsia, si se sabe cómo murió?”, le he preguntado. “Tenemos que certificar la causa de la muerte y, de paso, comprobar si hay algún órgano vital que no haya sido dañado. Aparentemente, el disparo mortal ha sido el que ha impactado en el corazón, los demás han afectado al abdomen, así que el resto de órganos vitales podrían estar intactos o en buen estado”. A estas palabras le ha seguido la pregunta que me temía: “¿Sabe si su mujer quería donar sus órganos?”


Ahora estoy en comisaría prestando declaración. Me enseñan un teléfono móvil. Parece el suyo. Acceden a sus mensajes entrantes y me muestran el último. “Tengo que confesarte algo muy importante. Estoy en casa. No tardes, por favor”. Yo soy el remitente. Me enseñan otro móvil, que dicen haber hallado bajo mi cama mientras procedían a registrar nuestro piso. Lo reconozco. Es el mío. Y el último mensaje enviado es el que acabo de leer en el de mi mujer, a la que he descerrajado hace solo unas horas cuatro disparos a quemarropa.

Su hermana no da crédito a lo ocurrido. No se imaginaba lo que le esperaba a mi mujer cuando la vio marchar precipitadamente y le dejó su impermeable para que no se mojara. Yo soy el único acusado, el único culpable. Me preguntan por el móvil del crimen. Yo ahora solo pienso que su grupo sanguíneo O negativo la califica de donante universal.

¿Sabía todo esto la chica rubia y de ojos azules?