lunes, 16 de octubre de 2017

Una cuestión de apariencias


El comisario lee el brevísimo informe que le acaban de pasar.

“Leopoldo Haro Gutiérrez, Esperanza Garrido Huertas, vecinos del edificio sito en la calle del Arrabal, nº 68, de esta ciudad, y Aurelio Ríos Mendoza, conserje del mismo bloque de viviendas, han hallado a las doce horas del día de hoy el cuerpo sin vida de Antonio Sigüenza Ramos, de 75 años, que vivía solo en su domicilio del tercero segunda. Estando la puerta de la vivienda abierta, entraron y hallaron a su vecino tendido en el suelo del comedor, rodeado de un charco de sangre. El cuerpo ha sido trasladado al Instituto Anatómico Forense para que se lleve a cabo la autopsia. Los tres vecinos afirman haber visto al asesino”.

─¿Asesino? ¿Y cómo saben esos que se trata de un asesinato? ─dice el comisario dirigiéndose al agente que le ha hecho entrega del informe policial.
─Pues porque han visto salir del piso del finado a un individuo en evidente actitud de estar huyendo del lugar del crimen.
─Mmmm, pues que pase el primer testigo ─ profiere el comisario, dejando las gafas de leer de cerca sobre su escritorio.

******

─¿Es usted Leopoldo Haro Gutiérrez? ─pregunta el comisario.
─Sí señor, el mismo, para servirle ─asiente, el interrogado, visiblemente nervioso.
─Pues usted dirá ─le invita a declarar el comisario.
─Pues verá, señor comisario...

Y el hombre, retorciéndose las manos, inicia su descripción de los hechos.

─Estaba en casa cuando oí un grito. Es que yo, a pesar de mi edad, que, aunque no lo parezca, acabo de cumplir los setenta y nueve, tengo un oído finísimo, ¿sabe? Pues, como decía, oí un grito y entonces salí al rellano para ver qué ocurría. Vivo en el cuarto primera. Pues bien, cuando salí, miré por el hueco de la escalera para ver de dónde podía haber procedido el grito y entonces vi que del tercero segunda salía un individuo, un joven de unos… digamos, veintitantos años, que miró a su alrededor, seguro que para cerciorarse de que nadie le veía. Yo me agaché todo lo que pude, porque sufro de artrosis, ¿sabe?, para no ser descubierto y entonces vi cómo el sujeto, en lugar de esperar al ascensor, que en ese instante estaba subiendo, bajó por las escaleras como alma que se lleva el diablo, sin dejar de mirar si alguien le había descubierto. Una vez se hubo marchado, bajé tan raudo como mis piernas me permitieron, porque sufro de artrosis, ¿sabe?, entré en el piso de don Antonio, pues la puerta había quedado medio abierta, y entonces le vi tendido en el suelo, ensangrentado y deduje que el tipo que había salido huyendo lo había matado. Cuando iba a llamar a una ambulancia y a la policía entró mi vecina del quinto, que también había visto cómo el asesino huía escaleras abajo. Ella fue quien les llamó.
─¿Alguna cosa más? ─le apremia el comisario, pues se está haciendo tarde y hoy quiere almorzar temprano, pues apenas ha desayunado y está hambriento.
─No, señor comisario, nada más. Eso es todo lo que vi.
─Muy bien. Espérese fuera un momento que tendrá que firmar su declaración ─Y dirigiéndose al policía de la puerta─. Que pase el segundo testigo.
─La testigo, señor comisario. Es la mujer ─le aclara el agente.

******

─¿Es usted…esto… ─busca en el informe policial─ doña Esperanza Garrido Huertas?
─Sí, sí, soy yo ─responde la interpelada, también muy nerviosa.
─Dígame qué vio exactamente.
─Pues verá. Yo vivo en el quinto y estaba subiendo en el ascensor, pues volvía del supermercado, cuando, al llegar a la altura del tercero, vi que un individuo, con cara de pocos amigos, bajaba por las escaleras a toda prisa y con un objeto en la mano, seguramente el arma del crimen. Cuando vio que en el ascensor había alguien, pues es uno de esos ascensores antiguos, con una cabina acristalada, giró la cara hacia la pared para ocultar su identidad. Entonces vi a mi vecino del cuarto, don Leopoldo, entrar en el tercero segunda, por lo que sospeché que algo malo le había ocurrido a don Antonio, y tan pronto como llegué a mi planta, dejé las bolsas de la compra en el rellano y, bajé a toda prisa a ver qué pasaba. Cuando entré en el apartamento vi a don Leopoldo inclinado sobre el cuerpo de don Antonio y me dijo que hiciera el favor de llamar a una ambulancia y a la policía pues él no tiene móvil. Hubiera podido usar el teléfono fijo del pobre don Antonio, se preguntará usted, pero es que no quise tocar nada, ¿sabe usted? Lo he aprendido de las películas y series de televisión. Me encantan las películas policíacas y ...
─Bien, bien. ¿Alguna cosa más que quiera añadir antes de firmar su declaración? ─le inquiere el comisario, cubriendo con su vozarrón el ruido de sus tripas.
─Pues no, señor comisario, eso es todo lo que vi.
─Pues entonces haga el favor de esperar fuera, que le harán entrega de su declaración para que la firme.

Una vez ha abandonado la testigo el despacho, pregunta al agente uniformado que hace las veces de mecanógrafo:

─¿Hay algún testigo más que haya venido a declarar?
─Sí, señor comisario, el conserje del edificio.
─Pues hágalo pasar ─le apremia, a la vez que mira su reloj de pulsera.

******

El tercer testigo entra, muy erguido y con paso decidido, como quien va a declarar en un juicio, y se sienta frente a la mesa del comisario sin esperar a que este se lo indique.

─Así que usted es el conserje del edificio de la calle del Arrabal, nº 68, don… ─vuelve a consultar el informe.
─Aurelio Ríos Mendoza, para servirle.
─Muy bien. ¿Y qué vio usted exactamente?
─Pues verá. Minutos antes del desgraciado suceso. ¡Quién lo iba a decir! ¡Pobre don Antonio, con lo buena persona que era! Pues como le decía, poco antes del asesinato de don Antonio, entró en el edificio un joven encapuchado.
─¿Encapuchado? ─pregunta, interesado, el comisario.
─Bueno, quiero decir que llevaba un chándal de esos con capucha y la llevaba puesta. Llovía un poquitín, eso sí, pero seguro que la llevaba puesta para que no le viera bien la cara. Pues el joven ese entró sin siquiera dar los buenos días, que yo pensé si serán maleducados los jóvenes de hoy, y se dirigió directamente hacia el ascensor. Yo le pregunté desde mi puesto a qué piso iba y me contestó, sin girarse, lo cual, insisto, demuestra que no quería que le viera la cara, que iba al tercero segunda, es decir a casa de don Antonio. Pude ver, eso sí, que llevaba algo que cubría con la chaqueta del chándal. Al cabo de un rato, no sabría decir cuánto, le vi salir a toda prisa. Yo estaba leyendo el periódico y al oír pasos, levanté la cabeza y vi cómo salía a la calle casi corriendo, huyendo diría yo. Seguía con la capucha puesta, así que no pude verle la cara a ese maldito asesino. Si lo llego a saber…

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─¿Y dice usted que sabría describir al presunto asesino? ─le inquiere el agente a doña Esperanza Garrido, con cara de sorpresa.
─Sí, señor agente. Yo soy muy pero que muy fisonomista. Tengo esa aptitud. Se me quedan clavadas las caras con solo verlas unos instantes ─afirma, con orgullo, la mujer.
─Entonces, podría indicarle a nuestro dibujante cómo era para que pueda hacer un retrato robot.
─Pues claro que sí. ¡Un retrato robot! ¡Qué interesante! Como en las películas policíacas ─dice la mujer, ahora entusiasmada.

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─ No, no. La nariz más… cómo diría yo… más picuda. Sí, eso, como la de un ave. No, no, tanto no, que parece un grajo. Más fina, algo más larga. ¿O era más gruesa? Bueno, déjela así. Y las cejas más pobladas. No, tanto no, no tan cejijunto. Rectas, eso, rectas. Bueno, pero formando un poco de arco. Bueno, ya me entiende, como todas las cejas, pero no tan arqueadas. Y los ojos más juntos. Pero no tanto, hombre, que parece un búho. Rasgados, sí, pero no tanto, que parece chino. ¿Color? Ay pues eso sí que no lo sabría decir. Oscuros, eso es. Seguramente los tenía marrones. Claro que también podrían ser negros. Y los labios sí que eran muy finos, si parecía que no tuviera. Aunque podría ser que los tuviera muy apretados, ya sabe, los nervios, la tensión… ¿Las orejas? Pues no me fijé en las orejas. Supongo que normales, aunque, bien pensado, las debía tener cubiertas por esa capucha que lleva puesta. ¿El pelo? Tampoco lo pude ver con claridad por el mismo motivo, pero era tieso y abundante, eso sí, porque le salía disparado por ambos lados de la capucha, como dos penachos. Y era castaño. O negro. Ahora no lo recuerdo. No crea, que no es fácil describir a un individuo que baja corriendo por las escaleras y al que vi desde el ascensor. ¿Por qué me mira así, si puede saberse?

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─¿Y este mamarracho dice que es el presunto asesino, al que vio bajando por las escaleras? Pero si más bien parece un muñecote hecho por un párvulo. ¡Por favor! Esa mujer, o iba bebida o está cegata. ¿Cómo puede haber alguien con esa cara? Si le enseñamos ese retrato a cualquiera, va a soltar una carcajada que se oirá hasta en Tegucigalpa ─dice el comisario cuando le presentan el retrato robot siguiendo las indicaciones de la mujer aquella que dijo ser tan fisonomista.

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Al día siguiente, el médico forense encargado de realizar la autopsia del cadáver de Antonio Sigüenza Ramos está redactando el informe pericial. Cuando termina, llama al comisario que lleva el caso para adelantarle lo más significativo, tal como aquél le había pedido.

─En el momento de realizarle la autopsia, el cadáver llevaba muerto doce horas, lo cual concuerda, minuto arriba, minuto abajo, con el momento en que fue hallado sin vida por sus vecinos. Su historial médico indica que se medicaba por una angina de pecho que le habían diagnosticado varios meses atrás, lo cual explicaría los niveles hallados en sangre de nicardipino, un medicamento utilizado para tratar esta dolencia. También se han hallado niveles importantes de atorvastatina, para controlar el colesterol. Puestos en contacto con su cardiólogo, este me ha indicado que, a pesar de sus 75 años, su corazón era el de un anciano de 90. Por lo demás, sus órganos internos estaban sanos. Externamente, no he hallado señales de lucha ni de agresión, salvo el impacto en el cráneo, que justificaría el abundante sangrado, pero que no fue la causa de la muerte.
─Entonces, ¿qué le provocó la muerte? ─inquiere, impaciente, el comisario.
─Un IAM. Quiero decir un infarto agudo de miocardio. Tenía las coronarias hechas un asco, hablando coloquialmente. Le envío, de momento, el informe por correo electrónico. ─concluye el forense, antes de colgar.

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─Así pues, le falló el corazón ─comenta el comisario al equipo de investigación.
─Seguramente del susto ─afirma uno de los agentes.
─¿Susto? ¿Por qué causa?
─Pues, porque el chaval, haciéndose pasar por… pongamos, un mensajero, dijo traerle un paquete. Al abrir el viejo la puerta, le apuntó con el arma que los testigos vieron que llevaba en la mano, le obligó a entrar en la vivienda con la intención de robarle, y al hombre le dio un soponcio. El viejo se desmayó y, al caer, se dio con el canto de la mesa, en la que hallamos restos de sangre, y la palmó. O bien el chaval le empujó y con el golpe perdió el sentido.
─Eso no me convence, Gutiérrez. Según la autopsia, está claro que murió de un infarto, no del golpe en la cabeza. Todo apunta a un homicidio involuntario, pero no veo el móvil. ¿No dijeron que el piso no estaba revuelto? ¿Acaso alguien vio señales de robo?
─No le dio tiempo a desvalijarle. El viejo gritó y el chaval se asustó y se largó.
─¿Y por qué querría robar en casa de un viejo que, al parecer, no tenía ni un duro, digo ni un euro. Si buscaba algo en concreto, algo valioso, habría aprovechado que el hombre estaba sin sentido para buscarlo, a pesar del grito. ¿Quién iba a saber de dónde había salido ese grito? Que, por otra parte, me pregunto cómo un viejo pudo proferir un grito tan fuerte que llegara a oírse en la escalera y con la puerta cerrada. Las paredes y las puertas de esos pisos tan antiguos son casi tan gruesas como las murallas romanas del barrio gótico. Y luego, una vez hallado “el botín”, podía haber esperado a que no hubiera movimiento en la escalera para largarse silenciosamente en lugar de salir en estampida dejando la puerta de par en par.
─No, señor comisario, dijeron que la hallaron entornada.
─Ya lo sé. Da igual. Es una forma de hablar. Los ladrones y los asesinos, por lo menos los profesionales, no dejan ninguna señal de su presencia. Se largan y punto. Parece mentira que no lo sepan, carajo.

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─Las huellas dactilares que hallaron en la puerta no son de ningún delincuente fichado, así que no hay forma de saber a quién pertenecen. La científica identificó unas pisadas de alguien que calzaba unas deportivas del número cuarenta y tres y por el dibujo de la suela no pudieron determinar la marca. 
─Entonces qué hacemos, ¿cerramos el caso?
─Eso lo decidirá el señor comisario, pero yo soy de la opinión, como él, de que el desconocido es un homicida, pues le provocó la muerte, por muy accidental que fuera. Así que es más que suficiente para seguir buscando.
─De momento, los interrogatorios que hemos efectuado por el barrio no han dado fruto. Nadie vio a nadie salir corriendo del portal a aquella hora ni nadie reconoce al individuo del chándal a partir del retrato robot.
─No me extraña. Si ese dibujo es peor que aquel Ecce Homo restaurado de Borja, esa pintura que se hizo tan famosa.
─Hey, hey, ¡cuidado con lo que dices! Que yo lo dibujé siguiendo las indicaciones de aquella mujer, ¿vale?
─Vale, hombre, no te cabrees. Ya sé que eres un buen dibujante, de lo contrario no estarías aquí, pero es que el resultado fue…
─Pues por lo que te digo, tío. Además, la chiflada esa le dio el visto bueno.
─Pero ¿no viste que era una cegata? No se puso las gafas por coquetería, para parecer más joven, y cuando te miraba con esa cara de boba tenía que entrecerrar los ojos para enfocar mejor. Además, los otros dos testigos, el del cuarto y el conserje, no parecían estar muy convencidos del resultado.
─Bueno, ya está bien de cháchara, al curro y seguid buscando al mierda ese. Hay que dar con él sea como sea. Me he comprometido con el señor comisario que de esta semana no pasaba que diéramos con él. No tiene que ser tan difícil, joder ─concluye el inspector jefe. 
                                                                   
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Pero, transcurridos seis meses sin haber obtenido ningún dato adicional, el caso se dio por cerrado. Lo único que quedó claro fue que un individuo no identificado se presentó en casa del finado, que este le abrió la puerta voluntariamente, por lo que debía conocerle o aquel debió de identificarse sin que ello le hiciera sospechar sus intenciones. No hubo indicios de forcejeo o violencia física ni evidencia de robo. Seguirá, pues, siendo un misterio el motivo de la visita y las intenciones del desconocido. Las únicas pruebas halladas dentro del domicilio hacen suponer que algo debió ocurrir entre visitante e inquilino que hizo que este último se desplomara, golpeándose la cabeza con el canto de la mesa del comedor. No se pudo confirmar si la muerte se produjo antes o después de la caída, aunque el golpe no tuvo nada que ver con el deceso. La causa fue, según el dictamen forense, un Infarto Agudo de Miocardio (IAM). La búsqueda del sujeto, a pesar de la descripción facilitada por tres testigos que aseguraron haberle visto, resultó infructuosa.

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A Sebastián todavía no le llega la camisa al cuerpo. No ha podido superar el trauma. Y no las tiene todas consigo. Todavía cree que pueden identificarle. Lo sueña todas las noches desde ese fatídico día. Una pesadilla horrible.

Quién le iba a decir que le ocurriría ese percance cuando solo llevaba una semana en la notaría. Aunque fue accidental, no se atrevió a contarlo. Seguro que lo habrían despedido. Y más estando a prueba. Que un error lo puede cometer cualquiera, caramba. Que también es casualidad de que hubiera dos Antonio Sigüenza viviendo en la misma calle, en edificios contiguos, y los dos en un tercero segunda, uno en el número 66 y el otro en el 68. De acuerdo, hubiera tenido que fijarse en el segundo apellido. A aquel a quien iba dirigido el sobre se llamaba… Rueda, y el otro, el pobre hombre que se dio el susto de muerte se llamaba… Ramos. Rueda y Ramos. Pero da igual, el caso es que no se fijó en ello. Cuando llamó a su puerta, preguntó por don Antonio Sigüenza, nada más. Ya se sabe, las prisas. Entró en el portal equivocado. No habría pasado nada si en el tercero segunda no hubiera vivido ese otro Antonio Sigüenza. Y ahora se atormenta.

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¿Cómo iba a saber lo que contenía el sobre? Yo solo me fijé que a medida que leía lo que ponía esa carta los ojos se le ponían como platos y se puso de un rojo granate, hasta que cayó fulminado. Aún resuena en mi cerebro el golpazo que el pobre se dio en toda la cabeza. Cuánta sangre. ¡Qué horror! Y cuando le tomé el pulso, tal como me habían enseñado en aquel curso de primeros auxilios, ya no tenía. ¡Estaba muerto! No entendía lo que le había provocado aquel patatús. Hasta que leí lo que ponía en aquel papel. Como heredero único de no sé quién, el señor notario le comunicaba que acababa de heredar cinco millones de euros y que se presentara cuanto antes en su despacho. Me sonó un poco raro que un hombre tan mayor como él fuera el único heredero de alguien, pero tampoco le di demasiada importancia.

Lo primero que pensé es que se había desmayado del pasmo y que el golpe que se había dado en la cabeza al caer lo había desnucado. Salí al rellano y grité pidiendo auxilio, pero entonces me acojoné. Volví a entrar y cerré la puerta. No sabía qué hacer. Pensé en todo el lío: los vecinos, la ambulancia, la policía, el interrogatorio. Así que pensé que lo mejor era poner pies en polvorosa y que cuando lo encontraran y leyeran lo que ponía la carta, comprenderían lo que había pasado. Pero, cuando ya me iba, me acordé de que no le había hecho firmar el recibo conforme le había entregado aquella notificación. Y me entró el pánico. Cuando se supiera lo de su muerte y descubrieran quién le había hecho entrega de aquella notificación notarial, ¿cómo iba a decirles que lo había dejado con vida y que me había ido sin firmarme el recibo? Entonces se me ocurrió hacer un garabato en el recuadro de la firma, como hace todo el mundo, y Santas Pascuas. Pero resultó que también tenía que poner su número de DNI, así que rebusqué en sus bolsillos. Y lo encontré. Suspiré de alivio. Pero ¡horror!, cuando leí su nombre y apellidos completos, me di cuenta de la equivocación. No era Antonio Sigüenza Rueda sino Antonio Sigüenza Ramos.

Salí corriendo como una liebre, dejando, por lo que leí, la puerta abierta. Esperaba que nadie me viera, pero subía el maldito ascensor. Menos mal que llevaba el chándal y me cubrí la cabeza con la capucha. Salí disparado a la calle, sin atender a la llamada del conserje. Al cabo de un buen rato, después de merodear por el barrio para ver que todo estuviera despejado, hice la entrega de la notificación al verdadero destinatario, quien se extrañó mucho de que el sobre estuviera abierto. Ni siquiera recuerdo la excusa que le di, pero se olvidó de este detalle tan pronto como leyó la carta. Pensé por un momento que volvería a ocurrir lo mismo que al pobre hombre que había dejado muerto en el suelo de su comedor, pero este era mucho más joven y supongo que con un corazón más fuerte. Me dio una generosa propina y volví raudo a la notaría.


Y aquí estoy, rezando para que no se descubra el pastel que, sin querer, organicé por mi mala cabeza. Suerte he tenido de que la testigo que dijo haberme visto la cara, cosa que dudo, y que dirigió la mano del dibujante, no acertara ni por asomo. Seré tonto y despistado, pero mucho más guapo.


martes, 26 de septiembre de 2017

La promesa



Se lo prometí. Y lo prometido es deuda. Aun así, es muy injusto. Mi padre me obligó en su lecho de muerte. Me sentí incapaz de negarle nada a un moribundo, imbécil de mí. Todavía ignoro por qué acepté esta locura.

“Prométemelo y podré morir en paz”, me dijo, agarrándome del brazo con una fuerza inusitada en alguien que agoniza.

Creo que si accedí fue por lo que mi madre solía decirme de niño: que hay que saber perdonar, y que un hombre como Dios manda siempre cumple la palabra dada, por mucho que le pese. Si mi madre viviera, se alegraría de saber que he acabado perdonando a mi padre por todas sus fechorías, pero, a pesar de su propio consejo, desaprobaría la promesa que me vi forzado a hacerle. 

Y ahora tengo que cumplirla, por dura y peligrosa que resulte. 

Solo espero que mi madre, esté donde esté, lo comprenda. A fin de cuentas, soy hijo de un hombre que jamás perdonó a sus enemigos pero que siempre cumplió con su palabra. Las reglas del clan eran sagradas para él.

No será difícil. Estoy seguro de que asistirá al entierro, para asegurarse de que se ha librado de su principal adversario, o bien por cinismo o para guardar las apariencias. 

Cumpliré con mi palabra tan pronto como se acerque para darme sus hipócritas condolencias. Nunca he usado un arma, pero un disparo a quemarropa nunca falla.

Sé que sus guardaespaldas cumplirán con su cometido. Pero yo habré cumplido mi promesa.




viernes, 22 de septiembre de 2017

El escritor (cuarta y última parte)


─Lamento que se lo haya tomado usted así, señor Martínez ─le dice don Julíán al terminar aquél su alegato, con más temor que aplomo─, pero es lo que hay. Lo toma o lo deja ─añade sin tenerlas tampoco todas consigo. 
─Joven, no sabe usted la suerte que tiene de que una editorial como la nuestra le haya ofrecido esta gran oportunidad ─añade don Manuel, cuya presencia ha sido esta vez reclamada por don Julián tan pronto como ha sabido de la inesperada visita del escritor por boca de Marisa que, por cierto, hoy va ataviada con una minifalda que si no fuera porque…─. Vaya, vaya a otra editorial, a ver si estarían dispuestos a publicarle su manuscrito tal como llegó a nuestras manos. ¿Le ofrecemos saltar a la fama y se niega a aceptar unos pequeños retoques que no han hecho más que mejorar el original? ─remata, enojado, el viejo destroza-manuscritos.
─Véalo de este modo, señor Martínez ─interviene de nuevo don Julián─. La gente quiere algo digerible, ameno, algo con lo que pasar el rato. Sí, sí, no me mire con esa cara. Usted desconoce el mundo editorial. La publicación de libros no es más que un negocio y no se me escandalice usted que ya es mayorcito. Vivimos en un país en el cual la gente no quiere pensar, a quien hay que darle todo mascado, y si no, vea qué tipo de cine es el más taquillero. Por no citar los programas de televisión de mayor audiencia. Sí, sí, hay excepciones, por supuesto, pero déjeme terminar. Lo que quiero darle a entender es que…
─Que debe tener paciencia. Una vez haya usted publicado esta novela y haya sido un éxito, que lo será, podrá usted escribir lo que le dé la gana, pues ya tendrá un nombre, será conocido, quizá incluso famoso ─le interrumpe don Manuel, pretendiendo echar un cable a su jefe y así acabar de engatusar al pardillo que tienen delante.
─Eso es. Y nosotros nos comprometemos a publicarle sus próximas novelas ─afirma don Julián, viendo, por el semblante del interfecto, que casi le tienen en el bote.
─Don Julián (transige don Manuel en este trato por un momento) quiere decir que Ediciones Valverde se comprometerá a publicarle sus próximas novelas ─aclara, pues eso del plural parece que le incluya a él, algo que casi le repugna─. ¿No es así, don Julián? ─concluye don Manuel, con un tono de ironía que le pasa desapercibido al escritor.
─Si claro. Ediciones Valverde, por supuesto. Era una forma de hablar ─se ve obligado a aclarar don Julián, acribillando con la mirada al viejo carcamal.

A Pedro, le acaban de tomar nuevamente con las defensas bajas. ¿Adónde fueron sus arrestos desde que salió de casa y apareció en las dependencias de la editorial? Genaro, Genaro, ayúdame, repite mentalmente como un mantra, Si recordara alguna plegaria, se la dedicaría a San Francisco de Sales, patrón de los escritores. La carne es débil, yo soy débil, piensa avergonzado y confuso. ¿Qué hago? ¡Qué dilema el mío! Publicar o no publicar, esa es la cuestión. Y no una cuestión cualquiera.

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─¡Vete a la mierda, tú y tu jodida novela! ─ni siquiera parece la voz de Genaro la que profiere tales improperios─ Nunca hubiera imaginado que te comportaras de tal forma. Vete al carajo y olvídate de mí. 
─Pero, hombre. Solo debo ceder en esta primera ocasión. Luego…
─¿Luego? No habrá luego, tío. Que no te enteras. Una vez accedas a esto, luego accederás a aquello y a lo de más allá. Te tendrán pillado por las pelotas. Promesas y más promesas. ¡Ja! Te obligarán a publicar porquerías. Si no, al tiempo. Esa gente es así. Te has dejado engatusar como un idiota ─le espeta mientras se levanta y se dirige a la puerta sin siquiera despedirse.
─¡Genaro, Genaro, espera! ─la voz de Pedro tampoco suena como antes. ¿Qué coño les está pasando a sus cuerdas vocales?

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Nunca, antes, el equipo de Marketing de Ediciones Valverde, S.L. se había esforzado tanto en una campaña de lanzamiento de una novela, teniendo en cuenta que su autor era un perfecto desconocido en el mundo editorial.

“Todos estamos locos” se presentó, a bombo y platillo, como una novela de un autor-revelación, como un gran descubrimiento literario que marcaría un antes y un después en la literatura moderna en lengua castellana. Definieron a Pedro Martínez López, PML a partir de ahora, como un visionario, como lo fue en su día Julio Verne pero en versión “friki”. A don Manuel se le pusieron los pelos de punta por tal calificativo, pero en su fuero interno se alegraba de tantos fuegos de artificio que no harían más que explotarle a la cara de Maldonado (ya ni siquiera merecía el apelativo de “señor” por haberle obligado a llegar a esta situación).

PML estaba exultante. Su foto en la solapa del libro había quedado muy bien. Estaba favorecido, tanto que no parecía él. Así no le podrían reconocer en la calle, pero qué le vamos a hacer. Además, estaba muy satisfecho por la agilidad de la editorial en culminar todo el proceso creativo y promocional y por la prontitud en poner su novela en el mercado, justo antes de Navidad, una fecha muy propicia para las compras. A fin de cuentas, un libro es un muy buen regalo cuando no se sabe qué regalar y en tal caso el comprador se inclina por los más vendidos o por los más recomendados. Ese sería su libro.

Y por una vez PML no se equivocó. Gracias al gran despliegue publicitario de la que fue objeto, su novela fue un rotundo éxito de ventas. Todo el mundo quería hacerse con un ejemplar. Ya al primer mes se hicieron tres ediciones. Al cabo de tres meses ocupaba el segundo puesto en el ranking de libros más vendidos en el primer trimestre del año, después de “Mi vida solo es mía”, de esa celebérrima e incultísima tertuliana de cuyo nombre no puedo acordarme.

A pesar de que las condiciones económicas pactadas con la editorial no fueron muy generosas ─eso lo supo PML después, gracias a (o debería decir por culpa de) su vecino escritor─, llevaba ganado más dinero del que cobraba al año en su último empleo. Y eso iría en aumento, según le vaticinó don Julián, quien se frotaba las manos por el acierto conseguido con esa publicación, a la par que don Manuel se abofeteaba por el estrepitoso éxito de ventas, que equivalía a un no menos estrepitoso fracaso en sus planes de dejar en ridículo a su todavía jefe.

Pero ese camino de rosas le duró a PML y a don Julián lo que tardó “Todos estamos locos” en llegar a las manos de un renombrado crítico literario, un tal Roberto Alcázar (nada que ver con el personaje del cómic “Roberto Alcázar y Pedrín” de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, aunque se le parece un poco). 

A Pedrín, digo a Pedro, se le borró la sonrisa idiota que llevaba prendida de los labios desde que vio la luz su Opera prima. Hasta se había olvidado de que llevaba mucho tiempo en mente escribir su segunda novela, la que con toda seguridad le afianzaría como uno de los mejores novelistas contemporáneos. Cuando leyó la crítica de su novela en uno de los periódicos más leídos del país, se le vino el mundo abajo. Un acaloramiento hasta entonces jamás experimentado le sobrevino de repente, al cual le siguió una lividez y un frío marmóreos. Sudaba hielo.

La crítica no podía ser más feroz. Dejaba a la novela, al autor y a la editorial que había tenido el mal gusto de publicar semejante bazofia, a la altura del betún más roñoso. Un insulto a la inteligencia. Una noverlucha de la peor calidad, indigna de ser publicada por una editorial con un mínimo de escrúpulos. 

A PML todavía le temblaban las manos, que apenas sujetaban el periódico en cuestión, cuando le sobresaltó una llamada al teléfono fijo. “Será Genaro”, pensó Pedro, que llama para decirme “ya te lo dije”. Pero no, no era su amigo.

Era un periodista del mismo periódico donde le dejaban como una piltrafa humana, marcado para siempre y expulsado del Paraíso de los novelistas al poco de haber entrado. A todo le contestaba que sí sin saber muy bien qué decía. ¿Es usted Pedro Martínez López? Si. ¿Es usted el autor de “Todos estamos locos”? Si. ¿Ha leído la crítica de su novela en el número de hoy de este periódico? Si. ¿Podría usted concederme una entrevista? Si. ¡Mierda! ¡¿Y ahora qué?!

No quería, pero tenía que hacerlo. Necesitaba su ayuda o, por lo menos, un hombro sobre el que llorar. Y llamó a su fiel amigo. ¡¡¡¡¡Genarooooo!!!!! Y el bueno de Genaro acudió en su ayuda.

─Di la verdad. Cuéntalo todo. Todo lo que ocurrió y cómo ocurrió. De cabo a rabo. De cómo te convencieron esos dos. Confesar la verdad es terapéutico. Caiga quien caiga.

Y así lo hizo. Pedro Martínez López, PML y PMG hablaron por una misma boca, que vomitó atropelladamente sus cuitas y vicisitudes desde que recibiera la amable llamada de aquella guapa y atenta secretaria que dijo llamarse Marisa.

Una página entera de la sección dominical dedicada normalmente a cine y literatura ocupó la entrevista al ahora malogrado escritor. Su primera obra, la que debía ser un gran éxito que le catapultara a la fama, ─que lo fue, aunque efímeramente─ lo precipitó al averno de los escritores malditos. Ante las preguntas del periodista, se declaró culpable de haberse vendido, o mejor dicho de haber vendido su obra al enemigo, de haber claudicado ante las horribles exigencias de aquella maldita editorial, de haberse traicionado, de haberse prostituido ─cuánta razón tuvo Genaro─, de haber permitido que su maravillosa obra fuera mutilada hasta el punto de haberse convertido en un engendro. Ahora lo comprendía con amargura, pesar y vergüenza. Acababa la entrevista pidiendo disculpas a los lectores a quienes había impedido poder disfrutar de “Tierra de locos” y se disculpó también ante los miles de lectores y lectoras que habían comprado “Todos estamos locos”, por si se sentían ofendidos con esta declaración. Lo lamentaba, pero reconocía que lo que había salido al mercado era, parafraseando a su crítico, “peor que una mierda pinchada en un palo”.

Muchos fueron, sin duda, los lectores de ese artículo, pero hubo uno especialmente interesado en esta rocambolesca historia y que no pudo evitar carcajearse y frotarse las manos. Era Valentín Cifuentes, actual director general de Editorial Universo, S.L. y antiguo empleado y enemigo acérrimo de Ediciones Valverde, S.L. Que esa maldita editorial ─a la que siempre guardará inquina por haberle puesto de patitas en la calle por atreverse a contradecir a aquel mamarracho y carcamal corrector literario, ese don Manuel de los cojones─ hubiera quedado con el culo al aire, le complacía tanto que tenía que celebrarlo de algún modo. Lástima que su última novia le había dejado, porque si no, lo empezaría a celebrar con un buen revolcón, pero ya pensaría en otra cosa.

Y pensando, pensando, se le ocurrió que quizá esa novela, “Tierra de locos”, o mejor dicho su manuscrito, hubiera llegado tiempo atrás a la editorial que ahora dirigía y pasara desapercibida. En su editorial se reciben tantos manuscritos…

Al día siguiente, lunes, pidió a Ángela, su secretaria, que buscara por donde hiciera falta, hasta en la trituradora de papeles y en el contenedor de papel para reciclar, un manuscrito titulado “Tierra de locos”. 

─Vaya, vaya, mujer, no se quede ahí parada. 
─¿Y cuánto hace que recibimos ese manuscrito? ─inquirió la pánfila pero agraciada secretaria, que tanto le recuerda a Marisa, lo único bueno de Ediciones Valverde, que si no fuera por…
─Y yo qué sé. Ni tan solo sé si lo recibimos. Pregunte, pregunte. Si nos llegó, alguien tendrá que saberlo, digo yo.

Y alguien lo supo. 

─Mira a ver si todavía sigue en el montón de manuscritos que guardo en el cuartito de material de oficina ─le comenta Juanjo, uno de los correctores, y ante la cara incrédula de Ángela, se explica─. Es que a veces, cuando no tengo nada que leer me llevo a casa alguno de los manuscritos que descartamos. Alguna vez he descubierto algo bueno, pero, claro, si se trata de autores totalmente desconocidos, pues ya sabes…

Al cabo de una hora de ardua búsqueda entre montañas de papeles, Ángela, con una sonrisa de triunfo en sus carnosos labios, deja sobre la mesa del señor Cifuentes (aquí no están por los tratamientos de protocolo) un polvoriento manuscrito firmado por un tal Peter McGregor. Y tras un intenso palmoteo para librarse del polvo acumulado en sus delicadas manos, da media vuelta y regresa a su cubículo. “Madre de Dios hermoso”, piensa Valentín, echándole un vistazo a su trasero, quien tras un profundo suspiro se pone manos a la obra.

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Han transcurrido unos meses y tanto don Juián, ahora en paro, como don Manuel, recién jubilado ─los muy ingratos no supieron valorar que todo lo había hecho por la empresa, esa que ya no es su casa─, leen el mismo artículo del respetado Roberto Alcázar, una elogiosísima crítica sobre una novela recién publicada, titulada “Tierra de locos”, cuyo autor es un escritor novel que, los lectores recordarán, tuvo un serio traspiés al confiar su manuscrito original a Ediciones Valverde, S.L. y que gracias a la mano tendida ahora por Editorial Universo, S.L., su obra ha visto la luz tal como fue engendrada por la maravillosa mente de este genio de la literatura contemporánea, que firma la obra con el pseudónimo de Peter McGregor, algo innecesario, según el crítico, pero ante lo que no tiene nada que objetar.

Dicha crónica termina pronosticando un éxito de ventas para esta obra tan original y un futuro muy prometedor para este escritor-revelación.

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PMG (ha decidido conservar el pseudónimo que le ha llevado a la fama) tiene a punto de publicar su segunda novela. Editorial Universo, S.L. se jacta públicamente de saber valorar a las jóvenes ─y no tan jóvenes─ promesas, no como la gran mayoría de las editoriales españolas.

Ediciones Valverde, S.L., por su parte, dispone de dos nuevos correctores de estilo. Los ha elegido personalmente el señor Valverde hijo, pensando en el futuro de la empresa. Savia nueva. Estrictos pero condescendientes con los escritores noveles. Lo malo es que, después de aquel incidente con un tal PML, no les llega ningún manuscrito.

FIN


lunes, 18 de septiembre de 2017

El escritor (tercera parte)


Las esperanzas de PMG de convertirse en un escritor reconocido empezaban a hacer aguas. Quizá debería tirar la toalla y dedicarse a otra cosa más provechosa y agradecida. Los más de seis meses que habían transcurrido desde que enviara su biografía a aquellas dos editoriales ─lo cual indicaba a todas luces que estaban interesadas por su manuscrito─ se le habían hecho eternos. Ninguna de ellas se había puesto todavía en contacto con él.

Para llenar el tiempo de espera con la escritura ─lo único que se le daba bien y que le ayudaba a desconectar de este mundo tan complicado e injusto─ había presentado doce relatos, dos por mes, a sendos concursos literarios a lo largo y ancho de la geografía española. Para este menester había utilizado su verdadero nombre y algún que otro pseudónimo ─en esta ocasión en castellano─ cuando ello había sido preceptivo. En algunos de esos certámenes, los menos, la cuantía del premio en metálico no era nada desdeñable, así que, con un poco de suerte, podría sacarse un buen dinerillo.

Pero la suerte tampoco le sonreía a PMG en este lance literario. Hasta el momento, de los nueve concursos en los que ya se había emitido un dictamen, solo en uno este le había sido favorable, si bien el premio en metálico resultó ser muy escuálido. Aun así, no se había sentido tan feliz desde hacía mucho tiempo. Por fin alguien había valorado positivamente su mérito como escritor, aunque fuera de relatos cortos. De la modesta cantidad del premio, tuvo que deducir los gastos ocasionados por el desplazamiento al acto de entrega, que ascendieron a más de la mitad de lo ganado. Pero eso no le importó en absoluto. Por algo se empieza ─se dijo─. No se ganó Zamora en una hora. Claro que, bien pensado, este refrán no era muy oportuno para el caso porque ─para aquellos que no lo sepan─ en realidad el asedio que sufrió esta ciudad castellana a la que hace mención acabó muy mal para quienes pretendían ganar esa plaza.

La ceremonia de entrega del premio que le otorgaron, también le sirvió para conocer a unos cuantos colegas de letras. Gente encantadora y con mucha experiencia en estas lides. A algunos de ellos, la asidua participación en tales certámenes les proporcionaba ─según le contaron─ un “sobresueldo” anual envidiable. La cuestión era escribir muchos relatos y presentarlos a tantos concursos como fuera posible, procurando que la entidad organizadora fuera seria y con “pedigrí”.

Aunque ese había sido, pues, su único premio hasta el momento, consideraba que los relatos que no habían recibido el beneplácito del jurado eran muy buenos. O eso creía, pues ya empezaba a dudar de su buen criterio. Para salir de dudas, hizo caso a su curiosidad casi morbosa y se las apañó para tener acceso a alguno de los relatos ganadores. No hubiera tenido que hacerlo, pues sufrió la peor de las decepciones y la madre de todas las rabietas. ¡¿Cómo podían haber premiado a tales mediocridades?! Y tras el berrinche inicial por tamaña injusticia, le sobrevino la frustración y la congoja. Y las dudas volvieron a acosarlo. Quizá el problema real estribaba en que no era objetivo consigo mismo, que se creía mucho mejor escritor de lo que en realidad era. Ese es el defecto típico del escritor amateur, que se cree mucho mejor de lo que es. Pero él siempre había sido un hombre ecuánime y más bien inseguro en muchas facetas de la vida. Pero…

Por lo tanto, mientras pmg (su baja autoestima en ese momento ya no me permite ni siquiera usar las mayúsculas) veía pasar por delante de sus narices, una a una, la posibilidad de ganar alguno de esos concursos a los que había presentado sus pequeñas joyas, esos colegas, con los que mantenía contacto a través de las redes sociales, no cesaban de acumular premios. Llegó pmg a sentir tanta envidia que estuvo tentado de bloquearlos para no recibir más noticias de sus triunfos. Con cada notificación que aquellos realizaban, con la alegría y orgullo de los triunfadores, con los correspondientes parabienes de sus amistades, la espina de los celos se le clavaba más y más hondo. ¡Qué malos son los celos!

Ahora, un poco más sosegado, PMG se ha puesto como fecha límite para sus aspiraciones novelescas el mes de diciembre. Si a finales de año no ha ganado ningún premio literario de cierta relevancia y ninguna editorial se ha interesado por su novela, lo deja, envía sus vanas ilusiones a paseo y se concentra en algo mucho más prosaico aunque más tangible y práctico: buscar desesperadamente un empleo, actividad que ha abandonado para nada.

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─¿Dígame? ─contesta PMG a una llamada procedente de un número desconocido.
─¿Hablo con… Peter, digo Pedro Martínez López? ─pregunta una voz femenina muy sensual.
─Sí, soy yo. ¿Con quién hablo?
─Buenas tardes. Mi nombre es Marisa Gallego y soy la secretaria de don Julio Maldonado, el editor adjunto de Ediciones Valverde. No sé si recordará que le pedí hace algún tiempo que nos enviara una breve biografía con motivo de haber recibido de usted un manuscrito.

La cabeza de PMG empezó a darle vueltas y el corazón a percutir como un bombo golpeado por uno de los mozos más fornidos de Calanda.

Tras tomarse unos segundos para relajarse y dejar que las palabras fluyeran sin tartamudear, PMG contestó a la agradable interlocutora:

─Sí, sí, claro que lo recuerdo. ¿Y a qué se debe su llamada? ─y en ese preciso instante su garganta sufrió un pequeño espasmo producido por el nerviosismo y la excitación. ¿Serían buenas noticias?
─Pues le llamo para decirle que al señor Maldonado le gustaría tener una entrevista con usted a la mayor brevedad posible. ¿Le vendría bien mañana por la mañana, a eso de… las diez?
─Por…, por supuesto. Ahí estaré. Hasta mañana, entonces.
─Pero ¿conoce la dirección, señor… Martínez?
─Sí, claro, donde les envié el manuscrito, ¿no?
─Ay, sí, claro. Pues ahí. Hasta mañana. Y pregunte por mí. Muy amable. Adiós.

La amable secretaria del editor adjunto de Ediciones Valverde ya había colgado y PMG seguía con el teléfono pegado a la oreja y con la vista puesta no se sabe dónde. No podía creérselo. Por fin había sucedido. Esa Editorial estaba interesada en publicar su novela. No podía ser otro el motivo de la entrevista.

Aun no siendo bebedor, se echó un buen trago de ron al coleto y, ya un poco más relajado, se tumbó en el sofá, cerró los ojos y echó a volar, una vez más, su imaginación. Se imaginó sentado frente a todo el consejo de administración de Ediciones Valverde, recibiendo felicitaciones y apretones de manos, sonrisas por doquier y un generoso adelanto por los derechos de publicación en forma de un cheque bancario a su nombre (el real, claro). ¿Qué me pondré para ir a la entrevista?, fue el último pensamiento que tuvo antes de quedarse dormido.

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El día de la entrevista ha amanecido soleado. Pero mientras en la calle el cielo está despejado, en el despacho de Julián Maldonado se acumulan unos oscuros nubarrones que amenazan tormenta.

─Sólo le pido que se comporte y que, por una vez, reprima sus salidas de tono ─le conmina el editor adjunto a su corrector, quien quiso (en realidad exigió) estar presente en la entrevista para asegurarse de que se respetaban los acuerdos alcanzados en aquella acalorada discusión.
─Sabré “comportarme” si usted mantiene su palabra sobre las condiciones que hay que imponerle a ese escritor. Aunque ya le adelanto que, si tiene un mínimo de orgullo, no las aceptará. Pero, claro, un pelagatos de la escritura, como debe ser ese tal Martínez, es capaz de avenirse a cualquier cosa con tal de ver satisfecho su ego.

Tras su oposición frontal a que se publicara la novelita de marras, don Manuel acabó acatando, muy a su pesar, la decisión de su jefe pero, eso sí, imponiendo unos requisitos que, de aceptarlos el tipo ese ─que, conociendo el percal, sabía que las aceptaría─, llevarían a la novela, al autor y al estúpido editor adjunto al más estrepitoso de los fracasos y él saldría, de este modo, reforzado. Demostraría, una vez más, su buen juicio. ¿Acaso no dicen que la venganza se sirve en plato frío? Pues eso. Él ya había tomado las debidas precauciones ante lo que estaba por venir, poniendo en antecedentes a sus estimados señores Valverde, padre e hijo (y porque no había nieto, que si no también le hace partícipe de su airada queja). Nunca nadie había osado, en esta su casa, contradecir sus recomendaciones. Y esta sería la primera y última vez que ello ocurriera. Si de él dependiera, una patada en el trasero le daría al señorito Martínez y al señor (nunca más sería Don Julián) Maldonado.

─Don Manuel, ¿me está escuchando? Parece ausente.
─¿Eh?, ¿cómo? ¿qué?
─Le estaba diciendo que yo me ocuparé de informar al señor Martínez López que la Editorial le… digamos… le sugiere unas condiciones para poder publicar su obra. Si el hombre parece predispuesto a acceder, le pasaré a usted la palabra para que le pormenorice en qué consisten. A fin de cuentas, usted ha sido quien las ha impuesto y ha insistido en estar presente. Si tengo que serle sincero, temo que no las aceptará. El cambio de título, el empleo de su nombre real, eliminar alguno de los personajes, recortar casi una tercera parte del texto, tiene un pase, pero cambiarle tantos diálogos… Casi no se parece en nada al original. No sé, no sé…
─Pues el trabajo que me ha llevado enmendar tantos sinsentidos, eliminar una sarta de ridiculeces y recortar tanta superfluidad bien vale un agradecimiento por su parte. De otro modo, ese bodrio no hubiera visto nunca la luz. Seamos serios, don… esto… señor Maldonado ─el susodicho se remueve, incómodo o quizá dolido por ese nuevo trato, en su asiento─ si esta Editorial tiene tanto empeño en sacar una novedad al mercado, tiene que ser algo que satisfaga a la mayoría. Nos guste o no, tenemos que estar al servicio del lector y lo que los lectores quieren hoy en día son cosas… cómo le diría… cosas entretenidas, amenas. Hay que doblegarse a la realidad, don… eso… señor Maldonado.

El ahora degradado señor Maldonado no comprende a qué se debe ese cambio repentino de actitud en don Manuel, defensor a ultranza de las letras de alto nivel. ¿Cómo puede ser que, de pronto, se doblegue a las exigencias de un público que hasta hace bien poco calificaba de analfabeto? ¿Será la chochez la que está traicionando su conservadurismo?

En esto estaba pensando don Julio Maldonado cuando suena el intercomunicador y su secretaria le anuncia que el citado está esperando ser recibido.

En unos instantes y tras los tres habituales toques de cortesía con los nudillos, Marisa hace pasar a un hombretón de más de metro ochenta y unos cien kilos de peso, tirando por lo bajo, con cara de no haber roto jamás un plato, a quien la buena secretaria presenta como don Pedro Martínez y que entra en el despacho como quien lo hace en un juzgado de guardia.

─Pase, pase, señor Martínez, justamente ahora estábamos hablando de su magnífica novela ─le dice don Julián, mirando de soslayo a don Manuel. Ambos se levantan y se acercan a saludar al autor de la próxima publicación de Ediciones Valverde, S.L., si este se aviene, claro está, a aceptar sus condiciones.

Una vez los tres han tomado asiento, don Julián tras su mesa de trabajo y don Manuel y PMG en sendas sillas frente a él, este observa al escritor como quien estudia al conejillo de indias que utilizará en su próximo experimento. Su mirada escrutadora, intentando adivinar de qué madera está hecho su invitado, acaba en una sonrisa pícara queriendo con ella crear un clima de complicidad. En el fondo, no obstante, siente un cierto reparo. De pronto, se siente como el depredador que está a punto de devorar a su presa, viendo así cumplido su papel en la cadena alimenticia. Es la ley de la naturaleza. Es ley de vida. Y tras un ligero carraspeo inicia un breve, pero elocuente monólogo.

Pedro, a ratos PMG, está anonadado con tanta adulación, si bien la considera un acto de justicia. Asiente a todo lo que oye casi sin prestar atención, pues está en las nubes, de las que solo se apea cuando don Julio le anuncia que se habrían de pulir “algunas cosillas” para mejorar la obra, pues, aun siendo muy buena, todo es mejorable en esta vida.

─Solo serán unos pequeños retoques, aquí y allá. Pero mejor que se lo explique don Manuel, a quien por tal motivo he invitado a que esté presente.

******

─Pero tú estás lelo, o qué ─le espeta Genaro a un atribulado Pedro, que acaba de contarle los pormenores de la entrevista de la que ha sido objeto en las oficinas de Ediciones Valverde, S.L.
─Pero es que me van a publicar mi novela, Genaro. ¿Te das cuenta? ¡Por fin! ¡Lo he logrado!
─¿Qué es lo que has logrado, si puede saberse? En todo caso ellos han logrado doblegarte. ¡Te has prostituido!
─Hombre, tanto como eso…
─¡¿Cómo que no?! ¿Te parece apropiado titularla “Todos estamos locos”? En todo caso, tú y ese editor sois los que estáis locos. Que no hayan aceptado usar ese pseudónimo se entiende, aunque es discutible. A mí también me parecía una pedantería, pero firmarla con tu verdadero nombre, no sé, no sé. Pero lo más escandaloso ─añade Genaro, mientras ojea con furia lo que ha quedado del manuscrito original cuyo texto ya se conoce de memoria─ es que te han cambiado una gran parte de esos diálogos tan elocuentes, se han comido capítulos enteros, si parece… parece… la carroza de Cenicienta convertida en calabaza, el príncipe azul convertido en rana, el… el… ¡la bella convertida en la bestia!
─No seas tú la bestia, que no hay para tanto ─se defiende Pedro, encogiéndose cada vez más, pues en el fondo comprende que su amigo puede llevar razón.
─¿Bestia yo? ¿Pero tú has visto en lo que ha quedado la novela? ─y comprendiendo que su amigo no ha valorado suficientemente la transformación que ha sufrido la que pretendía ser su Opus magnum, suaviza su postura─. Hagamos una cosa: leamos cómo ha quedado el texto y luego tú decides. Al fin y al cabo, es tu novela y tu reputación. Yo me lavo las manos.

De este modo, Pedro y Genaro, Genaro y Pedro, pasaron prácticamente toda la noche en vela leyendo lo que había quedado de “Tierra de locos”. A medida que trascurría la noche, los ojos de ambos lectores se iban agrandando y no por efecto del café que les mantenía en vigilia sino por el espanto que les producía lo que leían.


Ya clareaba cuando dieron por terminado el duro ejercicio de comprobar en qué había consistido lo que aquellos dos embusteros habían calificado de pequeños retoques. Pedro Martínez López, reconvertido en PMG, decidió ir a su encuentro esa misma mañana sin falta. Se enterarían esos dos de lo que vale un peine.


CONTINUARÁ...



peine.