miércoles, 15 de noviembre de 2017

El colegio de curas



Seis meses hace ya que todo empezó y todavía no han logrado descubrir a los culpables. Con la primera desaparición nadie podía adivinar lo que estaba por venir. El único testigo de ese primer caso solo pudo afirmar que le vio con un cura. La sotana le delató. Aseguró que, por desgracia, no pudo verle la cara, pero sí la del chaval. Sabía que era uno de la clase de los mayores. Lo conocía por haberle visto muchas veces en el patio, cuando iba a recoger a su hijo.

Todos los secuestros tuvieron algo en común: se produjeron a la salida del colegio, aprovechando la aglomeración y confusión reinantes a esa hora. Lo que resultó sorprendente para todos ─padres, maestros y policía─ fue que los desaparecidos fueran internos, de ahí que sus padres no les echaran en falta ni supieran nada de lo ocurrido hasta que se les comunicó el infortunio. ¿Qué hacían, pues, fuera del colegio cuando debían haberse retirado a sus habitaciones o a la sala de estudio? ─se preguntaron. En todos los casos, seis en total, los poquísimos testigos oculares ─ya se sabe que la gente va a lo suyo, sin reparar en lo ajeno─ coincidieron en haber visto a los chicos marcharse con un hombre ataviado con una sotana. Era de esperar, pues, que sospecharan de todos y cada uno de los curas del colegio. Más de treinta.

¿Dónde estarán y qué les habrán hecho a esos pobres muchachos?, se estará preguntando todo el mundo, empezando por los padres de los desaparecidos. Los padres. Ojalá sufran lo indecible. Se lo merecen. No mostraron demasiado interés por saber la verdad sobre aquel “incidente”, como lo llamaron. Miraron hacia otro lado. Deberíamos haberlos hecho desaparecer también a ellos.

¿Quién puede adivinar quienes son los causantes de esas desapariciones? Después de lo que ocurrió, nuestro comportamiento nunca ha dado lugar a sospechas. Todo quedó en nada y todo volvió a la normalidad. Ya es cosa del pasado. Punto y aparte.

Se dice que la policía está estrechando el cerco y cree saber dónde pueden encontrar a los secuestradores. Hemos oído que solo es cuestión de días para que descubran nuestro escondrijo. No sabemos si es cierto o solo es un farol para tranquilizar a la opinión pública. Claro que el factor sorpresa es fundamental. Quizá sí que estén atando cabos. De ser así, no hay tiempo que perder. Tendremos que pensar en lo que vamos a hacer.

******

Ya hemos tomado una decisión. Lo primero será deshacernos de las asquerosas sotanas. Un buen fuego servirá. Nadie se extrañará de ver una hoguera en la noche de San Juan. Luego los cuerpos. El olor a carne quemada se hará notar, pero están tan escuálidos que las llamas los consumirán en poco tiempo. Lástima, hubiéramos deseado prolongar un poco más su suplicio. Se lo tenían merecido. Abusaron de nuestra confianza y de su autoridad. Nadie nos creyó. Nadie les culpó. Fue su palabra contra la nuestra. Y sus abusos quedaron impunes. Hasta ahora. Esta vez han sido ellos quienes han caído en la trampa.


Es el fin. No nos queda más remedio que volver al colegio e inventarnos alguna historia sobre nuestra desaparición. Cualquier cosa valdrá. ¿Acaso no dijeron que éramos unos chicos con una gran imaginación? Después de aquel “incidente” seguro que nadie se atreverá a preguntar qué hacíamos de la mano de aquellos curas. Tampoco creemos que quieran saber qué ha sido de ellos.


*Versión extendida del microrrelato de igual título con el que concursé en el 11º concurso de microrrelatos de terror y gore de Molins de Rei (Barcelona).




miércoles, 8 de noviembre de 2017

Tres historias alucinantes (y II)


─Mejor nos vemos en mi casa ─sugirió Esteban─. Si quieres, puedes venir hoy mismo, aunque tendrá que ser tarde. A partir de las nueve. Hoy me espera bastante ajetreo en el hospital y no quedaré libre hasta las ocho. Quédate a cenar y así tendremos tiempo de sobras para charlar tranquilamente.

No pude desaprovechar la oportunidad y acepté. Más vale hoy que dejar que recapacite y cambie de opinión ─pensé─. Esteban debía adivinar el motivo de mi visita y también quería zanjar el asunto cuanto antes. ¿De qué podía querer hablar con él sino de lo que había visto en el guardarropa donde nos habíamos despedido? Él se dio cuenta, sin duda, de mi descubrimiento y sabía que tarde o temprano le pediría una explicación. Por eso no me preguntó por qué deseaba verle con tanta premura.

Si bien, como dije en su momento, soy una persona que no sabe dejar cabos sueltos y que persigue siempre la verdad por difícil que esta sea de descubrir, también soy tremendamente inseguro y variable. Puedo sentir una necesidad irreprimible por averiguar algo y, una vez estoy en ello, me entran las dudas y los temores acerca de la corrección del método seguido. Soy tan impulsivo que a veces me da la impresión de que no me tomo el debido tiempo para recapacitar y planificar mi investigación. Y eso es lo que me ocurrió exactamente tras haber colgado el teléfono. Pero ya no podía, ni quería, echarme atrás. A lo hecho, pecho.

Antes de la visita, mientras hacía tiempo, mi interés por conocer los detalles fue en aumento. ¿Podía alguien como él hacer vida normal, sin despertar sospechas? Nos había comentado que ejercía de cirujano en el Hospital Clínico, pero no nos dijo ─ni le preguntamos─ su especialidad. Así que, por pura curiosidad, consulté el directorio en la web de ese prestigioso hospital universitario para ver si lo localizaba. Me costó un poco dar con él pues no había la posibilidad de hacer la búsqueda por nombres sino por especialidades. Pero mi empeño dio finalmente su fruto. Su nombre, Esteban Benavides Lorente, aparecía como jefe de servicio de cirugía vascular.

Meditando largamente la forma en cómo le plantearía mi interés, se hicieron las ocho de la tarde. Dejé sobre la mesa de mi despacho el DVD en el que me había filmado contando mis sospechas y lo que pretendía hacer. De este modo, si desaparecía sin dejar rastro, alguien daría con la explicación de mi ausencia y pondría en aviso a la policía. Aunque lo más probable es que me tomaran por un lunático o perturbado que se había fugado sin más. Simplemente, pasaría a engrosar la lista de desaparecidos en este país.

Tuve que darme prisa. No me gusta llegar tarde a las citas, sean de la índole que sean, y a esa hora el tráfico podía ser agobiante por la zona a la que tenía que acudir. Pero no fue así y a las nueve en punto estaba ante la puerta del apartamento de Esteban, un dúplex situado en la décima planta de un edificio de lujo en la parte alta de la ciudad. De pronto me sentí extrañamente nervioso, como si tras esa puerta me esperara un monstruo o una historia que albergaba un terrible secreto. Pero ¿acaso no era eso lo que me había llevado hasta allí? Por un momento sentí deseos de dar media vuelta y olvidarme del tema, pero, al fin y al cabo, Esteban había sido uno de mis mejores amigos y no tenía por qué temerle a él ni lo que pudiera contarme. Ese pensamiento me infundió ánimos y me dispuse a llamar al timbre no sin un cierto reparo.

No me dio tiempo a llamar que la puerta se abrió como si la hubiera accionado un resorte o como si alguien hubiera estado detrás observándome por la mirilla. Esperaba ver a mi amigo, pero ante mí apareció una joven de unos veinte años, alta, rubia y bellísima. Iba vestida con un ajustado vestido de color rojo muy escotado. Llevaba el cabello suelto y su larga melena reposaba sensualmente sobre sus hombros.  Me quedé perplejo. Se parecía muchísimo a Brigitte Bardot en versión juvenil. Y de pronto comprendí quién era. Esa mirada, esa tez tan pálida y esa sonrisa malévola. Volvieron a asaltarme las dudas. No sabía qué hacer, si entrar y acabar con lo que había ido a hacer, o salir corriendo sin siquiera mirar atrás. Pero en ese instante, oí una voz, a sus espaldas, invitándome a entrar. Era mi viejo amigo que, desde el fondo del salón y sentado en un amplio sillón de piel, me miraba sonriente y con la mano me indicaba que pasara. A la vez que la joven cerraba la puerta tras de mí, Esteban se levantó y se aproximó para saludarme. Cuando me estrechó la mano, huesuda como nunca antes la había notado y fría como un témpano, sentí que una rigidez se apoderaba de mí. ¿Era el miedo o el influjo de aquellos dos seres ─porque eso es lo que me parecieron en aquel momento─ lo que me impedía moverme? Entonces pensé en lo estúpido de mi decisión, que, tal como había llegado a suponer, no saldría de allí con vida o que, en el peor de los casos, acabaría siendo uno de ellos. Y por un momento llegué a resignarme. Qué ingenuo ─pensé─. ¿Qué esperabas?

Sin darme cuenta los tenía prácticamente pegados a mí, uno a cada lado, mirándome con curiosidad, escrutándome, como si estuvieran decidiendo qué hacer conmigo. Probablemente relamiéndose. Pero lejos de abalanzarse sobre mí, como temí, me invitaron a tomar asiento.

─¿Acaso no has venido a conocer toda la historia? ─me interpeló Esteban, mientras la joven se mantenía de pie a su lado, sonriendo enigmáticamente─ No debí haberos contado nada, pero ya se sabe, la bebida le suelta a uno la lengua, sobre todo a alguien como yo que no suele tomar alcohol, y a veces uno se vuelve demasiado indiscreto. Pero queríais historias increíbles y no pude resistirme a contar la mía después de haber oído esa sarta de mentiras de boca de aquellos dos majaderos. Mi historia es la única cierta y, por lo que veo, tú la creíste. De lo contrario ahora no estarías aquí.

Viéndoles a los dos ante mí, él sentado de nuevo y ella recostada en el reposabrazos del sillón, tomándole cariñosamente de la mano, adiviné el desarrollo de los hechos que no había querido, u osado, compartir con nosotros.

─Tienes razón. Te creí y por ello me intrigó más la historia que nos contaste. Lo que no entiendo es por qué no la relataste completa. ¿Por qué nos ocultaste la “especial condición” de esa hermosura francesa que ahora, por lo que veo, es tu pareja? ¿Y qué fue de… Elena, tu mujer, y de tu hija? ¿También las habéis convertido en lo que sois?

─Jajaja. No hay ninguna Elena ni ninguna niña. Todo fue una invención, la única mentirijilla que os conté. Una licencia literaria, si me permites llamarla así.

» Lo de la chica en apuros, aquí presente ─dijo, mirándola con cara de adolescente enamorado─, el coche averiado y el hotel de mala muerte fue todo tal como os lo describí. Incluso lo del restaurante; solo que cambié el orden de los acontecimientos. La cena tuvo lugar antes de buscar donde pasar la noche. Estaba hambriento y todavía no había tomado una decisión. Iba camino de La Escala, cierto, pero no para reunirme con mi supuesta familia, que nunca he tenido, sino a una casita junto a la playa que había alquilado para pasar las vacaciones. Fue en la recepción de aquel hotelucho dónde me di cuenta de la “especial condición”, como la has calificado, de Joséphine. Cuando pedí dos habitaciones, el hombre miró a mi alrededor, como buscando a un segundo huésped, y me preguntó si realmente quería dos habitaciones. Al principio pensé que nos había tomado por una pareja y que le había extrañado que no compartiéramos cama. Cuando iba a decirle que mi acompañante era solo una amiga, dirigiendo la mirada hacia ella, me di cuenta de que, en un espejo que cubría parte de la pared de la recepción solo se veía mi reflejo. Me vi, solo, de pie ante el mostrador. Cuando volví a mirarla, su sonrisa, maliciosa y provocativa, me reveló su verdadera naturaleza. Me disculpé ante el recepcionista por el lapsus, que aduje al agotamiento por el largo viaje que había realizado, y me retiré o, debería decir, nos retiramos a nuestra habitación a disfrutar de lo que tenía que suceder.

─¿Y lo dices, así, tan tranquilo? ¿No tuviste miedo? ─le interpelé, asombrado.

─¿Cómo iba a tener miedo de sobrevivir? Todo lo contrario ─exclamó, sonriente.

─¿Sobrevivir? No te entiendo ─le espeté.

Y entonces me contó la verdad.

Cuando aconteció lo que nos había narrado, Esteban estaba gravemente enfermo. Se hallaba en fase terminal de un cáncer de páncreas. Excepto los médicos que lo trataron, nadie lo sabía, ni siquiera sus compañeros del hospital. Acababa de iniciar sus vacaciones de verano, de las que no confiaba volver. Pensaba acabar sus días en esa casita junto a la playa que había alquilado. Incluso llevaba en su cartera la carta en la que contaba su situación y sus últimas voluntades.

─Y entonces apareció Joséphine y la posibilidad de ser inmortal. ¿Quién habría rehusado una oportunidad así?

» Ahora soy feliz junto a ella, y ella junto a mí ─se miraron dulcemente─. En el hospital, y especialmente en mi servicio, tenemos asegurado el alimento básico, ya me entiendes. Nunca falta ni nunca nos faltará. No tenemos que desplazarnos ni atacar a nadie para conseguirlo. Lo tenemos “en casa” ─al decir esto esbozó una sonrisa cargada de ironía─. Joséphine fue, casualmente, enfermera en su época y no me resultó difícil conseguir un puesto para ella a mi lado. A fin de cuentas, soy el jefe, the big boss ─añadió con la satisfacción de quien ha logrado con éxito su objetivo─. Y cuando pasen los años nos mudaremos a otro hospital. Y luego vendrá otro hospital, y así sucesivamente. De este modo nadie sospechará. Eso de que solo “vivimos” de noche es pura leyenda, patrañas de ignorante, propias de las novelas y películas de ficción. La verdad es algo distinta. Al menos en este aspecto. Podemos llevar una vida aparentemente normal. Incluso podemos, en caso necesario, comer alimentos como el resto de mortales. Hay que adaptarse al medio para sobrevivir. Como podrás comprender, me siento muy afortunado. ¿Qué más puedo desear? ¿A qué es preciosa mi Joséphine? ¿No crees que se parece a la Brigitte Bardot adolescente?

******

Me dejaron marchar, pero con una condición: que les jurara que nunca revelaría a nadie su historia. De lo contrario, harían acto de presencia y no habría lugar dónde pudiera esconderme de ellos, ni yo ni aquellos a los que se lo hubiera contado.

Al oír tal condición ─que acepté sin pensármelo dos veces─, me sentí muy aliviado. Me llevaría el secreto a la tumba antes de poner mi vida humana y la de mis amigos en peligro. Pero ese alivio solo fue momentáneo, hasta que me obligó a sellar un pacto de sangre. No es que no se fiara de mí, alegó, “pero no hay nada mejor que establecer un vínculo, conocido como Hermandad de sangre, para sellar un acuerdo de este calibre”, apostilló.

Aunque me aseguraron que era totalmente simbólico, yo no las tenía todas conmigo. Con la ayuda de un afilado cuchillo de cocina, Esteban practicó una incisión en la palma de su mano derecha y a continuación, sin que yo pudiera hacer nada por impedirlo, hizo lo propio con la mía, mientras Joséphine recogía las gotas de sangre que manaban de nuestras manos en una copa de vino.

El corte que me había producido era largo y profundo, pero no me dolía. La sangre parecía que iba a seguir brotando sin parar, por lo que saqué un pañuelo del bolsillo para practicar con él un burdo vendaje. Pero no hizo falta, pues mi amigo me tomó la mano por sorpresa, dándome un apretón como si con ese gesto cerrara el pacto y al soltármela ya había dejado de sangrar. Donde esperaba ver una herida abierta y sangrante, solo había una cicatriz, “que seguirá presente en nuestras manos para siempre ─me dijo─, como recordatorio de nuestro pacto secreto”.

Este es, pues, el motivo por el cual no he vuelto a ver a mis antiguos compañeros. Juan y Ramón intentaron, en varias ocasiones, que volviéramos a quedar los tres, pues, al parecer, Esteban estaba ilocalizable. Yo siempre tenía alguna excusa para no acudir a la cita. Hasta que decidí cambiar de trabajo y de residencia. Ahora, en mi nuevo destino como profesor de Ciencias Naturales y en mi nueva ciudad, estoy completamente a salvo. O eso quiero creer. Pero me siento terriblemente solo.

******

Hace un par de semanas conocí a alguien. Por fin. Y la relación, aunque muy prematura, promete. Creo que me he enamorado. Es una nueva profesora de francés que acaba de incorporarse en la misma escuela de enseñanza secundaria donde trabajo. De momento solo hemos salido unas cuantas veces como amigos, a tomar unas copas. Bueno, lo de “copas” es un decir porque es abstemia, solo bebe agua mineral y cerveza sin alcohol. Por lo demás es totalmente “normal” ─como le digo siempre en broma─. Es guapísima. Alta, rubia, y esbelta. No sé qué habrá visto en mí una chica así. Porque de lo que estoy seguro es de que yo le gusto. Noto que siente una atracción especial hacia mí. Solo hay que ver cómo me mira. Y es que tiene una mirara que hipnotiza, con sus ojos de un azul celeste. En lugar de francesa parece nórdica, con esa piel tan blanca que tiene.

La he invitado a cenar el próximo sábado. Me ha costado mucho decidirme porque temía que rechazara la invitación, pero ha accedido de buen grado. Buena señal. Incluso parece que le ha hecho ilusión. Le he sugerido un restaurante muy romántico, pero ha preferido que pasemos la velada en su casa. Vive sola. Creo que me espera una noche memorable. Con final feliz, ya me entendéis. Y si todo va bien, quizá acabe pasando el resto de mi vida con ella.


FIN


viernes, 3 de noviembre de 2017

Tres historias alucinantes


Llevábamos más de veinte años sin vernos, desde poco después de que nos licenciáramos. Cada uno se había decantado por materias distintas: Juan por la farmacia, Ramón por la física, Esteban por la medicina y yo por la biología. A pesar de seguir nuestros estudios en distintas Facultades, nunca llegamos a perder el contacto. Al contrario, nos veíamos casi a diario. El distanciamiento no se debió a nuestras distintas profesiones, una vez finalizadas nuestras respectivas carreras, sino a algo mucho más poderoso, algo que en aquel entonces desunía a los amigos o bien enfriaba la amistad largos años cultivada: las novias.

Recuerdo que al principio quedamos en alguna ocasión con nuestras respectivas parejas, pero no resultó como esperábamos. Las novias de tus amigos no tienen por qué caerte necesariamente bien, y viceversa. También puede suceder que sean ellas las que no conecten entre sí. Y todo eso fue lo que ocurrió. Así pues, tan pronto como aparecieron las mujeres, nuestra relación se fue a pique, pues nuestras parejas nos robaban el tiempo necesario para dedicarlo a los amigos. Podíamos haber hecho como los jóvenes de hoy en día: ellos quedan con sus amigos y ellas con sus amigas. Pero no. Y así fue cómo se enfrió nuestra amistad, y una vez enfriada suele ser muy difícil, si no imposible, recuperarla.

En nuestro caso, sin embargo, fue la iniciativa de Juan, “el boticario”, como así le apodábamos, que propició el reencuentro. Debió ser la añoranza del pasado o el hecho de haberse divorciado recientemente y sentirse solo lo que le motivó. El caso es que se las ingenió para dar con todos nosotros. El hombre, siempre tan meticuloso y ordenado, había conservado los números de teléfono de nuestros domicilios de solteros. Fueron nuestros respectivos padres quienes le facilitaron nuestro número de móvil.

Y allí estábamos, todos juntos de nuevo, recordando viejos tiempos y no menos viejas anécdotas. Tras una cena opípara y una larga sobremesa, fuimos a tomar unas copas en un local nocturno cercano para seguir poniéndonos al día. De eso hace ya unos cinco años y, desde entonces, no he vuelto a saber nada de ellos. Ni lo he intentado. Y todo por unas malditas historias.

Habíamos bebido bastante, el local empezaba a vaciarse, pero seguíamos queriendo hablar de eso y de aquello. Hasta que los temas se agotaron y parecía llegado el momento de la despedida. Pero Juan, el organizador del encuentro, decidió que el ambiente no podía decaer y que debíamos continuar disfrutando de esa oportunidad ─en realidad no tenía a nadie que le esperara en casa─. Como el resto de los presentes no teníamos nada más que decir, por sueño, cansancio o aburrimiento ─o las tres cosas a la vez─, se le ocurrió, para animar el cotarro, la maravillosa idea de hablar de temas paranormales, tal como solíamos hacer de niños. Muy a mi pesar, pues quería marcharme y esos temas ya no me atraían lo más mínimo, su propuesta surtió efecto y animó un poco la velada. Aunque con la edad nos habíamos vuelto más bien incrédulos, todos coincidimos en que seguían habiendo cosas inexplicables, verdaderos expedientes X. En medio de la discusión, Juan se decidió a contarnos una experiencia personal con la que ─dijo textualmente─ alucinaríamos.

Y arrimando su silla a la mesa y con una voz más baja de lo habitual, como si quisiera que nadie más le escuchara, se dispuso a contar su historia.

─Aunque os parezca un cuento fruto de mi imaginación, como los que os contaba cuando éramos niños, os juro que lo que os voy a relatar es totalmente cierto. No se lo he contado a nadie para que no me tomaran por loco. Pero es la pura realidad. Veréis… ¿Os acordáis de la tragedia del vuelo de Germanwings, el que iba de Barcelona a Düsseldorf el 24 de marzo de 2015?

Y como todos asentimos, quedándonos a la expectativa, continuó.

─Si no hubiera hecho caso al consejo de una aparición ─porque eso es lo que fue─, no habría cambiado de vuelo y ahora no estaría aquí para contarlo.

Y haciendo una pausa, que se me antojó teatral, continuó.

─Tenía previsto asistir a un congreso en Leipzig, al que me había inscrito en nombre de la empresa farmacéutica en la que trabajaba, y debía volar haciendo escala en Düsseldorf. Tenía ya los billetes en mi poder, pues solo faltaban cuatro días para el viaje.

Debo reconocer que el relato de Juan nos mantuvo en vilo. Yo intuía, sin embargo, que todo era fruto de su invención. ¿Cómo podía suponer que nos creeríamos tal patraña?

─Vivo muy ceca del trabajo, y cuando hace buen tiempo voy y vuelvo a pie de la oficina. Ese día, un viernes, se me había hecho más tarde de lo habitual. Tenía entre manos un informe que debía terminar antes de irme de viaje. El caso es que, cuando ya estaba cruzando el parque que hay frente a mi casa, se me apareció una anciana. Me dio un susto de muerte, pues salió de la nada. Vestía de negro y llevaba la cabeza cubierta con un gran pañuelo del mismo color. Su cara me resultó familiar, pero, dada la oscuridad reinante, no pude verla con claridad. Me advirtió, con una voz cavernosa, que no tomara ese vuelo pues perecería en él. Y desapareció. Al principio pensé que podía tratarse de una broma de mal gusto, pero estaba solo. Allí ya no había nadie más que yo. Luego, una vez en casa, no podía quitarme a aquella mujer, o lo que fuera, de la cabeza. Aunque me pareció una estupidez, acabé pidiendo el lunes a mi secretaria que cambiara mi plan de vuelo vía Berlín con Lufthansa, mucho más caro, pero con un horario más conveniente, aduje para justificarme.

» No le conté a nadie el motivo del cambio por vergüenza, pero cuando me enteré de la catástrofe, se me pusieron los pelos de punta. Mi secretaria no cesaba de alborotar al personal contando lo que había estado a punto de ocurrirme de haber ido en aquel vuelo, como tenía previsto. Todos alabaron mi buena estrella. Pero fue aquella aparición la que resultó ser mi ángel de la guarda. Y si no era un ángel, ¿qué o quién podía ser?, me pregunté. Pero unas semanas después, mirando con mi madre viejas fotografías de su álbum familiar, distinguí entre ellas a la mujer de la aparición. Y entonces supe quién era. No podía creerlo, pero necesitaba que mi madre confirmara mi sospecha. Cuando se lo pregunté me contestó, sorprendida: “pero hijo, ¿acaso no la reconoces? Claro que todavía eras un chiquillo cuando murió, pero has tenido que ver muchas fotografías suyas. ¡Es mi madre, tu abuela Emilia! ¿Ya no te acuerdas de ella? ¡Con lo que te quería!”.

» ¡Claro que aquella cara me había resultado familiar! La mujer que se me apareció de entre las sombras era mi abuela materna, que había venido del más allá para advertirme del peligro que corría si tomaba aquel vuelo. Desde entonces vuelvo a creer en la existencia de otra vida tras la muerte ─sentenció, terminando así su historia y reclinándose, satisfecho, en el respaldo de su silla.

Y como viera que nadie reaccionaba en ningún sentido, se encogió de hombros, cariacontecido, se terminó de un solo trago el whisky que le quedaba en el vaso y, tras dejarlo de nuevo sobre la mesa con un golpe seco, nos miró, uno a uno, animándonos a que contáramos nuestra propia historia.

─Porque no me diréis que no habéis tenido nunca una experiencia inexplicable ─sentenció.

Parecíamos unos alumnos que, no habiendo hecho los deberes, eludieran la invitación del profesor a salir a la pizarra. A falta de un voluntario, pues, apuntó con el dedo a quien tenía sentado justo enfrente, que resultó ser Ramón, “el Einstein”, como le llamábamos en nuestra época de estudiantes.

El bueno de Ramón se removió, inquieto, en su asiento, pidió una nueva ronda de bebidas ─creo recordar que ya íbamos por la tercera─ y, tras un ligero carraspeo, inició su relato.

Si la historia de Juan me había resultado una fantasía, la de Ramón la superó con creces.

─Hace años que soy un gran aficionado a la navegación ─dijo a modo de introducción─. Tengo el título de capitán de yate, tengo una pequeña embarcación a motor, y salgo a navegar con bastante frecuencia. Pues en una de mis salidas, hará de eso unos tres años, vi algo que no me he atrevido nunca a contar y que nadie más pudo ver, pues en esa ocasión salí al mar sin compañía.

Y como hizo un mutis demasiado largo, todos exclamamos al unísono:

─¿Y se puede saber qué viste?
─Pues una sirena ─afirmó, esperando una reacción por nuestra parte, que la hubo.
─¿Una sirena? ─casi gritamos también a la vez.
─Bueno, no exactamente una sirena, como la de los cuentos o la de la película “Splash”, o como se titule. Era… cómo os lo diría… como un pez enorme con cara y forma de mujer.
─¡¿De mujer?! ─otra vez el coro.
─Lo que os digo. Tenía una cara rara, pero de mujer. Los ojos grandes y frontales, con una especie de tabique nasal y con unas formaciones parecidas a las pestañas, los labios protuberantes, las aletas pectorales extremadamente largas, como si fueran brazos; incluso tenía orejas y en la cabeza algo parecido al cabello, corto, espeso y rizado.
─¿Y era rubia o pelirroja? Y de tetas, ¿qué tal andaba? ─le soltó Juan, sofocando a duras penas una risotada, a la que no pude evitar sumarme. Esteban, por el contrario, se mostró impasible, con la misma cara de indiferencia que había adoptado desde un inicio, como si todo aquello le diera igual o estuviera ausente.
─Si os tenéis que burlar, lo dejo ─respondió Ramón con acritud.
─Vale, tío, continúa ─tercié─. Disculpa, pero es que, no sé, resulta un poco… extraño, ¿no te parece?
─Pero ¿acaso no se trataba de eso, de contar experiencias extrañas? ─inquirió.

Ramón nos contó que subió a bordo esa extraña criatura, a la que dijo haber atrapado con una red sin que ofreciera la más mínima resistencia. Comprobó que podía respirar fuera del agua, como los cetáceos. Estuvo dudando si llevársela a puerto y entregarla al acuario de la ciudad para su estudio y exposición, pero le dio pena. Así que, después de contemplarla detenidamente y hacerle unas cuantas fotografías, la devolvió al mar.

─Y os juro por lo más sagrado que, una vez en el agua, me miró y me sonrió mientras agitaba sus largos brazos. Supongo que en señal de agradecimiento.
─Anda ya ─volvió a intervenir Juan─ ¿Y no sacó un pañuelo para decirte adiós? Vale, vale, me callo ─finiquitó antes de que la furibunda reacción de Ramón hiciera acto de presencia.
─¿Acaso tu fantasma es más real que mi ser acuático? ¿Eh? Si aquí alguien miente eres tú. Y si no me crees, no haberme invitado a hablar ─le reprochó aquel.
─¿Y las fotos? ─preguntó Esteban, interviniendo por primera vez.
─Eso es lo más raro ─respondió Ramón, apesadumbrado─. Cuando llegué a casa y se las quise mostrar a mi mujer y a mis hijos, habían desaparecido de la bolsa donde las había guardado. Por eso no se lo he contado nunca.
─Vamos, que la criatura no quiso que nadie fuera testigo de su existencia y se las apañó, vete tú a saber cómo, para hacer desaparecer toda prueba incriminatoria. Quizá fuera una extraterrestre y mandó a alguno de sus compañeros a destruir la prueba por el camino sin que te dieras cuenta ─añadió Esteban con ironía.
─¿Tú tampoco me crees? ¿Sabéis qué os digo? ¡Que os vayáis a la mierda! ─Y dicho esto, se reclinó contra su asiento con furia y se terminó de golpe lo que le quedaba en el vaso.

Una vez terminada su historia, o debería decir historieta, y tras un incómodo silencio, Juan me invitó a relatar mi experiencia “sobrenatural”. Todos me miraron expectantes, pero se me cerraban los ojos y al día siguiente tenía que madrugar, así que no estaba para contar cuentos de viejas. Decliné, lo más amablemente que pude, tal honor y le pasé el testigo a Esteban, quien seguía taciturno, cosa que achaqué al cansancio o a un exceso de alcohol en sangre.

Nuestro matasanos particular se mostró reacio a intervenir, pero había algo que parecía subyacer en su aparente falta de ánimos. Dudó unos segundos, como si sopesara los pros y los contras. Parecía debatirse entre contarlo o callar. Hasta que, apurando su Cubalibre, dijo: “muy bien, allá va, pero ya os adelanto que no os lo vais a creer”.

Como críos de colegio, todos, incluso yo, nos erguimos para escuchar mejor su historia. Esteban era un tipo serio y no nos intentaría colar una patraña.

Al principio, su historia parecía que iba a ser la archiconocida leyenda urbana de “la chica de la curva”, pero sin curva. La chica en cuestión también era una autoestopista. Se le había averiado el coche y necesitaba que la llevara a la población más próxima en busca de un taller.

─Era francesa, viajaba sola, no llevaba el seguro internacional ni teléfono móvil que le permitiera ponerse en contacto con su compañía aseguradora. ¿A quién se le ocurre viajar en esas condiciones?, pensé. El coche estaba detenido en el arcén, era un viejo Citröen 2CV y yo un perfecto ignorante en mecánica y de manitas tengo lo que un pingüino de ave voladora. Anochecía y era muy probable que los talleres, si es que encontrábamos alguno, ya estuvieran cerrados, pero me ofrecí a llevarla. No podía dejarla allí tirada.

Esteban nos contó que la chica, llamada Joséphine, era una rubia parisina exuberante, de unos veinte años, con unas largas piernas y una falda exigua. Como dijo textualmente nuestro amigo, era una Brigitte Bardot adolescente.

─Parecía sacada de la portada de la revista Paris Match. ¿Os acordáis cuando la profe de francés, Mademoiselle Pascal, nos obligaba a comprarla para hacer aquellas presentaciones de los lunes?

En ese punto no pude evitar esbozar una sonrisa al recordar la presentación que hice ante toda la clase a partir de un artículo sobre el hambre en el mundo. Me equivoqué de término y en lugar de decir “pour assouvir la faim” (para saciar el hambre), dije “pour assouvir la femme” (para saciar a la mujer), Las risotadas no se hicieron esperar y Mlle. Pascal me mandó sentar tan pronto como hube terminado mi discurso, sin dar paso al turno habitual de preguntas, dado el alboroto reinante.

─El caso es que cuando llegamos a Palamós eran ya los ocho y, como suponía, no encontramos ningún taller abierto. Yo tenía que seguir viaje hasta La Escala, donde me esperaba mi mujer y mi hija para pasar con ellas el fin de semana, pues por aquella época yo estaba preparando la lectura de mi tesis doctoral y tuve que quedarme en Barcelona de Rodríguez todo el mes de agosto. Pero la vi tan desvalida que me supo mal dejarla sola. Si llamaba a Elena, mi mujer, y le decía que no llegaría hasta el día siguiente porque me quedaba a pasar la noche en Palamós para hacer compañía a una francesa que había recogido haciendo autoestop, por mucha avería y mucha lástima que hubiera de por medio, no dudaría en presentarse allí hecha un basilisco y no quería parecer un calzonazos ante la francesa.

─¿Y qué hiciste? ─se me adelantó Juan.
─Pues lo que cualquier hombre amable y cortés habría hecho en mi lugar.

La cosa ya tomaba un cariz distinto a lo que imaginé en un inicio, pues ya no se trataba de un fantasma que, en medio de la noche, se sube al coche de un conductor para advertirle de un peligro allí donde ella falleció tiempo atrás, tras lo cual se esfumaba. Pero, por otra parte, no veía qué había de extraordinario en esa historia.

Lo que Esteban hizo, según nos contó, fue mentir a su mujer, alegando que se retrasaría porque le había surgido un contratiempo de última hora, y alojarse con la desconocida en un hotelito de mala muerte ─era temporada alta y, al parecer, la ocupación hotelera superaba el 90%─. Y, tomando un largo trago de su vodka con hielo, se irguió como si se hubiera tragado un palo y continuó su relato.

─Fuimos a cenar a un restaurante de comida rápida cercano al hotel. Mientras yo me tomé dos hamburguesas dobles, una ración grande de patatas fritas y una copa de helado de postre, ella, argumentando que los nervios le quitaban el apetito, solo pidió un café que apenas probó. Recuerdo que, a la luz del local, me pareció que estaba extremadamente pálida. Al comentárselo, creyendo que se encontraba mal, me dijo que su piel era así: muy blanca y muy sensible al sol.

» Mientras yo comía, me observaba de un modo que me hizo sentir incómodo. Su mirada era tan penetrante que casi llegué a sentir aprensión. ¿Y si había recogido a una lunática, o, peor aún, a una psicópata? De repente quise que ya fuera el día siguiente y que, una vez el taller se hubiera hecho cargo de su vehículo, pudiera seguir mi camino como si nada hubiera ocurrido.

» Aquella noche dormí muy intranquilo. Pensé que sería porque no tenía la conciencia tranquila por haber mentido a mi mujer, pero había algo más que no sabía definir. Me despertaba frecuentemente y, en una de esas ocasiones, me pareció notar una presencia, oír unos pasos de alguien merodeando por la habitación descalzo, o de puntillas. La verdad es que me acojoné y eso que no soy persona que se asuste fácilmente. Así que al final decidí abrir la luz. Allí no había nadie.

» Por la mañana desperté más tarde de lo previsto. Me extrañó que la chica no me hubiera llamado o me hubiera mandado llamar. Me levanté sintiéndome cansado y mareado, me dolía todo el cuerpo. Me vestí sin apenas asearme y llamé a la puerta de la habitación de Joséphine, pero no contestó. Bajé raudo al comedor, pensando que estaría desayunando, pero tampoco estaba allí. Cuando pregunté por ella al recepcionista que nos había atendido la tarde anterior, me miró como si estuviera loco. No había chica. Según él, yo había llegado solo.

Esteban se quedó mudo de repente, mirándose las manos, que las tenía en su regazo. Parecía avergonzado, como si no se atreviera a mirarnos a la cara. ¿Nos habría colado también un farol?, me dije.

─¿Ya está? ¿Eso es todo? Por lo menos, mi “fantasma” tenía un objetivo claro: salvarme la vida. ¿Qué significa, según tú, la aparición y desaparición de esa chica? ─le interrogó Juan, de corrido, sin darle tiempo a replicar.
─¿No queríais una historia extraordinaria? Pues eso es lo que me pasó.

Me dio la impresión de que había algo más, que no nos lo había contado todo, que posiblemente se había arrepentido de haber empezado a relatar esa historia y había decidido cortar en ese punto. Pero no insistí. Preferí dejarlo así. Además, deseaba marcharme de allí de una vez y no quería prolongar más la tertulia.

─¿Y no fuiste al taller a preguntar por ella? Podía haber ido por su cuenta ─esta vez fue Ramón quien intervino.
─¿De qué hubiera servido? ¿Acaso no me dijo el recepcionista que había llegado solo?
─¿Y te quedaste tan tranquilo? ¿Así, sin más? Bien podía estar confundido el tío ese. O estar en babia cuando os registrasteis. O…
─Le pedí que me enseñara el registro y a la hora en que llegamos solo figuraba mi nombre ─replicó Esteban.
─Pero debió de quedar alguna prueba. ¿No firmó nada? ¿No entregó su pasaporte? ¿Y la llave de la habitación? Yo qué sé; algún indicio de su presencia.
─También lo pensé, pero no recordaba nada de eso. Y la habitación que supuestamente le dio el recepcionista estaba ocupada, según me dijo este, desde hacía días.
─Entonces todo parece indicar que esa tal Joséphine fue una aparición. Muy bien, me lo creo. Pero como bien dice Juan, todas las apariciones tienen un propósito. ¿No te picó la curiosidad por saber quién era esa chica y qué pretendía apareciéndosete? ─volvió a intervenir Ramón.
─Pues no. Y, además, ¿cómo iba a averiguarlo? ─replicó Esteban.
─¿Y por qué francesa? ¿Acaso no hay fantasmas españoles? Ya sé, déjame adivinar. Debía ser una de tantas extranjeras que te tiraste durante las vacaciones en la Costa Brava y a la que dejaste tirada. O preñada. Se murió de pena o, ya puestos, del parto,  y quería vengarse. Luego se arrepintió y se largó ─terció, burlón, Juan, que parecía estar pasándoselo en grande.

Pero el semblante de Esteban seguía indicándome que había algo más que había decidido no revelar.

─¿Seguro que eso es todo? ─insistió Juan, ya más comedido, pues creo que también intuyó que esa no era toda la verdad─. ¿No nos ocultas nada, Esteban? ─añadió.
─Pero ¿qué os tendría que ocultar, si puede saberse? ─alegó, molesto, el interpelado.
─Pues algo que sucedió aquella noche y no nos quieres revelar. A lo mejor era una vampira que se coló en tu habitación, te mordió y ahora eres uno de ellos, jajaja ─fue Ramón quien ahora bromeaba.

Todos reímos la gracia de Ramón. Menos Esteban que, visiblemente incómodo, se levantó, dejó sobre la mesa su parte de la consumición y, excusándose porque se había hecho demasiado tarde y al día siguiente tenía una intervención quirúrgica, se dirigió al guardarropa para reclamar su abrigo.

Aprovechando la ocasión, yo también aduje cansancio y el madrugón que me esperaba y me apresuré a abandonar el local, no sin antes acordar que ya quedaríamos para un nuevo encuentro, pues ahora teníamos nuestros respectivos números de móvil.

Cuando llegué junto a Esteban, a quien le acababan de entregar su abrigo, me disculpé por si nuestras bromas le habían ofendido. Me miró de un modo extraño. No había reparado en que sus ojos azules eran mucho más claros y su tez más blanca de lo que recordaba. Me miró tan profundamente que sentí un inexplicable escalofrío. Acto seguido, suavizó el semblante y me sonrió de una forma enigmática. Dijo no sentirse ofendido en absoluto y que esperaba volvernos a ver. Eso me alivió. Hasta que descubrí la señal.

Cuando extendió su brazo derecho para introducirlo en la manga del abrigo, quedó ligeramente al descubierto parte del cuello que le cubría la camisa. Observé, con espanto, dos cicatrices redondas sobre la yugular derecha, separadas entre sí unos cuatro centímetros. Eran las típicas señales que todos hemos visto en el cine de terror. Eran las inequívocas mordeduras de un vampiro.

Pasaron los días y estuve tentado de compartir mi descubrimiento con Juan y Ramón. Pero ¿qué iba a decirles exactamente? ¿Que Esteban era un vampiro? ¿Qué Ramón tenía razón cuando, bromeando, dijo que se había convertido en eso por la mordedura de la rubia francesa de la que nos había hablado y que también lo era? ¿Qué por eso el recepcionista no la había visto llegar con él, que por eso tenía una piel tan pálida, y que por eso no comió nada esa noche en el restaurante de comida rápida? ¿Y que era ella quien merodeaba por la habitación de Esteban mientras este dormía, para morderle y convertirlo en lo que ahora es? Era una locura, pero cada vez tenía más claro que eso fue posiblemente lo que sucedió.

Si fue así, ¿por qué Esteban empezó a contarnos esa historia para dejarla inacabada? ¿Qué nos ocultó?


El caso es que mi formación científica me tiene acostumbrado a buscar la explicación a todo lo que observo, a no dejar jamás cabos sueltos, a desvelar la verdad y a despejar las dudas. Y así fue cómo decidí ir a verle y preguntarle la verdad de los hechos. Me armé de valor y le llamé por teléfono para concertar un encuentro. Contrariamente a lo que esperaba, accedió de buen grado.

CONTINUARÁ...

Imagen: Fotograma de un episodio de Stranger Things, una serie de Netflix para la televisión.


domingo, 22 de octubre de 2017

El fabricante de sueños



Nadie habría pensado que esto fuera posible. Ni siquiera yo, cuando, de niño, me preguntaban qué quería ser de mayor. Sabía que todo el mundo me tenía por un crío extravagante, fuera de lo común, de ahí que me hicieran la misma pregunta una y otra vez para ver si la lucidez volvía a mi alocada mente. Cuando lo mencioné por primera vez, todos los presentes, exceptuando a mis padres, soltaron una carcajada. Recuerdo sus miradas condescendientes, pensando que ello era seguramente fruto de mi excéntrica imaginación. Mi padre, cómo no, torció el gesto, mirando de soslayo a mi madre con cara de reproche. Siempre le recriminó que me llenara la cabeza de pájaros, que para él debían ser, sin duda, de mal agüero. Ella, en cambio, sonrió. Fue la única persona que entendía mis razones. Aun así, nunca imaginó ─ni yo tampoco─ lo que me depararía el futuro.

La mente fantasiosa de mi madre contrastaba brutalmente con el realismo más prosaico de mi padre. Nunca pude entender cómo dos almas tan distintas podían haberse unido, del mismo modo que mi progenitor nunca debió comprender cómo había podido engendrar a alguien que, según sus palabras, estaba siempre en las nubes.

Con el tiempo adiviné que mi madre no era feliz al lado de quien la dejó embarazada siendo una adolescente romántica e impulsiva. Hoy día esa unión no se habría llevado a cabo, pero eran otros tiempos y ambas familias extremadamente convencionales. Había que guardar las apariencias. Mi madre fue, a su manera, la oveja negra, la ficha blanca en un tablero de piezas negras, la luz del sol entre nubes borrascosas, la flor en un campo de malas hierbas. De ahí que se sintiera incomprendida y aislada y se refugiara en mí como su único consuelo, su único motivo para vivir y ser feliz.

“Soñar es imprescindible. Si no soñáramos, moriríamos” ─me dijo mi madre un día, siendo yo muy pequeño. Eso me aterró. De ahí que cuando me preguntaron poco después qué quería ser de mayor dije, sin dudarlo, “fabricante de sueños”.

Mi madre fue la que en realidad me hizo como soy. Le encantaba contarme historias fantásticas, ante las duras reprimendas de mi padre, que creía que, con ello, me convertiría en un ser débil y pueril. Yo disfrutaba con ellas hasta lo indecible y esperaba con ansia el momento de oírlas. Cada noche, al acostarme, mi madre se sentaba al borde de mi cama, me arropaba y entonces volcaba en mí toda su desbordante imaginación. Tenía una increíble facilidad para la inventiva. Mientras me contaba sus historias entornaba los ojos maliciosamente, atenta a mis reacciones y reprimiendo una sonrisa ante mi cara de asombro. Luego, solo en la oscuridad, yo prolongaba mentalmente la historia que me había relatado y, como si de algo mágico se tratase, acababa introduciéndose en mis sueños. Soñar se convirtió en algo fascinante para mí. Esperaba con ansia a que anocheciera para repetir la experiencia. Y así, día a día y noche a noche, mi madre alimentaba mis fantasías, las que luego invadían mis sueños. No sé cómo tenía lugar ese extraordinario episodio. Con el tiempo llegué a adquirir una gran pericia para inducir mis propias ensoñaciones. Debía de ser algo innato. Mi madre, estoy seguro, tenía el “don” de provocar sueños y yo lo heredé, como comprobaría más tarde.

Cuando, siendo todavía un niño, supe que lo que me había dicho mi madre sobre la necesidad vital de soñar no era cierto, sentí una gran decepción. Ignoro si simplemente iba errada, si no supe interpretar sus palabras o bien si pretendía con ellas azuzar mi imaginación. No era el hecho de no soñar lo que resultaba letal sino la imposibilidad de dormir. Descubrirlo fue un duro golpe. Mi futuro como fabricante de sueños dejaba de tener relevancia para la humanidad. Mis esperanzas se vinieron abajo. El descubrimiento de algunas verdades resulta doloroso para quien, como yo, vivía de ilusiones. Y la mayor de todas era regalar sueños a quienes los necesitara.

Pero, por fortuna, no todo estaba perdido. Mis esperanzas renacieron cuando más tarde descubrí que podría ser igualmente útil a la sociedad, aunque no de la forma en que yo había previsto. No salvaría vidas, pero podría ayudar a la gente a ser feliz. Leí en un libro sobre el mecanismo de los sueños que todos soñamos y que esta es una función vital y reparadora. De ser así, ¿cómo era posible que hubiera personas aparentemente sanas que decían no soñar jamás? Mi interés por lo que consideré una disfunción, cuyas causas y efectos desconocía, me condujo a estudiar medicina y especializarme en psiquiatría. Con esos conocimientos, añadidos al “don” que creía poseer, podría llevar a cabo mi propósito de forma mucho más eficaz. No existiendo ningún tratamiento farmacológico para la pérdida de la capacidad de soñar, decidí dedicar todo mi tiempo y esfuerzo a remediar esa carencia, aunque no representara una dolencia de gravedad. Tal era mi obsesión por ver cumplido mi deseo que mi vida giró exclusivamente en torno a esta encomienda autoimpuesta. Me aislé de tal modo del mundo exterior que, como si de una vocación sacerdotal se tratara, descuidé mi vida personal, no dejando en ella tiempo ni espacio para formar una familia. Interrogué a un numeroso grupo de individuos que decían no soñar y me percaté que ello les producía una cierta congoja. Se quejaban de que, mientras todo el mundo hablaba de sus sueños, ellos ignoraban qué era aquello aparentemente tan fantástico, se sentían excluidos de esa normalidad y temían que esa carencia les pasara factura tarde o temprano.

Todo mi trabajo de investigación lo desarrollé en el más absoluto anonimato. No fue hasta que las redes sociales se hicieron eco de mi teoría de que no soñar provoca insatisfacción e infelicidad ─de eso estaba y sigo estando convencido, y a las pruebas me remito─, que me convertí en un personaje público. En una entrevista que me realizaron para la televisión, el presentador preguntó por qué me empeñaba en querer hacer soñar a la gente. “¿Acaso resulta tan difícil de comprender que alguien desee hacer feliz al prójimo?” ─le espeté, airado─. “Pero no todos los sueños son agradables, los hay que son pesadillas y las pesadillas no logran hacer feliz a nadie, todo lo contrario” ─me replicó acertadamente. Eso me dio que pensar. Ese tipo llevaba razón: era peor tener malos sueños que la imposibilidad de soñar. Así pues, improvisé una respuesta que sería premonitoria. “Yo logro que mis clientes tengan únicamente experiencias oníricas placenteras. Anulo la generación de todo tipo de pesadillas y, en su lugar, les evoco sueños agradables” ─concluí, simulando una convicción de la que carecía en aquel instante. Esa frase marcó un punto de inflexión en mi vida.

Nadie pareció creerme. Me llovieron las críticas en forma de dardos envenenados. Y, sin embargo, no me faltaron clientes, no cesó de crecer el número de pacientes que me llamaban pidiendo ayuda. Unos, los menos, sentían curiosidad y querían simplemente resolver su incapacidad para soñar; otros, los más, deseaban evitar las pesadillas y tener, en su lugar, sueños placenteros, como yo había garantizado en público. Fueron precisamente estos últimos los que acabaron saturando mi agenda. Nunca imaginé que hubiera tanta gente que sufre pesadillas.

No inventé ningún aparato para hacer soñar, como muchos insinuaron. No he utilizado jamás ningún artefacto ni droga alguna. Todo lo logro con la mente y así lo he repetido hasta la saciedad para acallar los falsos rumores. Si bien inicié, por cautela, mis experiencias con la ayuda de la psicoterapia convencional, intentando hallar el origen y significado de las pesadillas o la ausencia de sueños de mis pacientes, solo conseguí tener éxito cuando decidí poner a prueba mi “don”. Les relataba historias fantásticas, como las que me contaba mi madre de pequeño, que luego debían rememorar al acostarse. Era como seguir la tradición familiar. De ese modo, logré con mis pacientes lo que ella lograba conmigo con sus cuentos. Por fin me sentí útil. Era feliz haciendo felices a los demás.

Pero esa felicidad duró lo que tardaron los celos en abrirse paso entre mis colegas. Mi consulta, que yo mismo califiqué como “gabinete de inducción de sueños”, acabó siendo la envidia de mis compañeros de profesión. Algunos llegaron a comentar, con sorna, que en la placa de la consulta debería poner “Dr. Roberto Arce – fabricante de sueños”, en lugar de psiquiatra. De todo lo que dijeron de mí, eso fue lo único que no me ofendió. A fin de cuentas, era la pura verdad y me sentía orgulloso por ello.

Fue tanta la notoriedad que adquirí en este campo que algunos miembros de la Sociedad Española de Psiquiatría tildaron de mala praxis mis actividades sin atender a los resultados, me criticaron, me denigraron y me persiguieron hasta lograr ser expulsado de la Sociedad primero y del Colegio de Médicos después, retirándome así la licencia para ejercer. Según ellos era una vergüenza para la profesión. Pasé a ser considerado un lunático, un curandero, un farsante, un vendedor de humo. Me condenaron al ostracismo, acabé siendo un paria. Por mucho que mis pacientes defendieran mis prácticas y elogiaran los resultados de las mismas, se les tachó de ignorantes o de testimonios comprados.

De este modo, denostado por la clase médica y ridiculizado por los medios de comunicación, no me quedó otra salida que huir de la vida pública y de mi propio hogar, refugiándome donde creí que nadie conocería mis antecedentes.

******

En el anonimato me sentí a salvo. Por los periódicos tuve conocimiento de que mis antiguos pacientes intentaban localizarme, pues se habían cansado de tener cada noche los mismos sueños y deseaban sustituirlos por otros nuevos, como si de un plan Renove se tratara, pues esa reiteración ya no los hacía tan placenteros. Lo lamenté por ellos, pero no me atrevía a salir de mi refugio so pena de sufrir una nueva persecución mediática que, dada mi introversión natural y mi dañada autoestima, no estaba dispuesto a soportar.

Mi suerte cambió el día que el alcalde de la pequeña población donde me instalé, hombre culto y leído, me acabó reconociendo y vino a verme para que le sometiera al tratamiento que, según sabía, había aplicado a otros desgraciados como él. Se sentía agredido, con total nocturnidad e inmerecida alevosía, por las pesadillas. Ya ni se atrevía a acostarse por temor a sufrirlas. La política, afirmó, era muy ingrata, no solo le quitaba el sueño, sino que le regalaba pesadillas aterradoras que le despertaban bañado en un sudor helado como un cadáver. La causa no era el peso de la conciencia ─se apresuró a aclarar─ sino de la responsabilidad. Tanto me rogó que le ayudara, que no pude negarme a hacer el bien a un pobre hombre atormentado que juró guardar secreto sumarísimo, un secreto que solo desveló, como comprobé poco después, a su querida esposa y eterna confidente.

Tanto fue el éxito conseguido con el alcalde, hombre bondadoso y buen marido donde los haya, que también tuve que claudicar ante las súplicas de su mujer. Como esposa de la máxima autoridad civil, no estaba exenta de responsabilidades y quebraderos de cabeza que le provocaban sueños indeseables, que quería y necesitaba borrar de su mente. Yo me preguntaba cómo la alcaldía de una localidad como aquella podía ser la fuente de tanto desasosiego, pero preferí callar y no hacer preguntas indiscretas. Quien  no ejerció, en cambio, la discreción fue la primera dama del Consistorio, como no tardé en constatar.

La fama es como la pólvora, una vez prende ya no se apaga, sobre todo si uno desea que lo haga. La mía, la que me granjeé sin quererlo en el pueblo, corrió tan veloz como esa sustancia explosiva, de boca en boca y de casa en casa, hasta alcanzar a todo el vecindario, de forma que volví a tener una larga cola de pretendientes a la puerta de mi humilde casa, todos reclamando el tratamiento milagroso, como le llamaron. ¿Cómo era posible que en un municipio tan pequeño hubiera tal cantidad de almas en pena? Otra incógnita que no llegué a desvelar.

Transcurridos unos meses y viendo mi altruismo, el alcalde, hombre agradecido y generoso como pocos, deseando ganarse, además, la simpatía y consideración de sus conciudadanos, quiso compensarme por mis desvelos nombrándome, sin atender a mis escrupulosas protestas, concejal de bienestar social, un cargo hasta entonces inexistente. Desde entonces, haciendo gala de mi flamante cargo y responsabilidad, me entregué en cuerpo y alma a procurar que todos los habitantes de ese recóndito pueblecito tuvieran un sueño agradable y reparador. Todos deseaban que llegara la hora de acostarse para ser felices con sus sueños. Incluso el tiempo dedicado a la siesta se alargó más de lo habitual, pues sesteando también se sueña. Todos me trataban con la máxima deferencia, no me faltaba de nada. Entre el sueldo de concejal y los generosos donativos en especie y en metálico, vivía a cuerpo de rey. Disfrutaba de una vida tan placentera como lo eran mis sueños y los de toda esa pequeña comunidad.

Pero, por lo visto, hasta de lo bueno se cansa el hombre y, de este modo, el descontento empezó a hacer mella en los hasta entonces felices ciudadanos. Estos, también hastiados por tener cada día los mismos sueños y, sobre todo, los mismos que el resto del vecindario, pidieron que se los renovara. Cada uno quería tener su propio sueño, sin compartirlo con nadie más. Pero ochocientos vecinos, incluyendo ancianos y niños, equivalen a ochocientos sueños distintos y que, con toda seguridad, tendría que modificar con frecuencia. La avidez del ser humano es inagotable. Eso superaba mis posibilidades. Mi imaginación ya no daba para tanto. La sola idea de no ser capaz de cumplir con las exigencias de esa buena gente que me había acogido con tanto cariño me angustió. Por primera vez en mi vida empecé a sufrir esas pesadillas de las que tanto me habían hablado.

Y como las desgracias nunca vienen solas, la noticia de mi “don” se extendió de pueblo en pueblo y de comarca en comarca, contándose ya por miles los que acudían al pueblo en busca de sueños que les ayudase a mitigar su malestar. Incluso mis antiguos pacientes, que se habían sentido abandonados y traicionados, acabaron localizándome y reclamaban mis servicios. Y viendo mi falta de determinación y diligencia en acceder a sus peticiones, me llegaron a amenazar con denunciarme por fraude, enriquecimiento indebido, blanqueo de capitales y lo que hiciera falta. Estaban dispuestos a todo con tal de ver satisfechas sus exigencias. La felicidad se había tornado en desdicha y los amigos en adversarios.

Nunca me había sentido tan impotente y frustrado. La situación era incontrolable. Llegando a temer por mi integridad física, decidí huir de nuevo, como un vulgar ladrón, abandonando casa y pertenencias, al amparo de la oscuridad reinante en una noche con luna nueva. Solo me llevé lo puesto y todo el dinero que pude reunir.

Estaba más decidido que nunca a que no me encontraran. Trabajaría de lo que fuera en el lugar más remoto, donde nunca pudieran dar con mis huesos. Y así fue como, tras varias semanas vagando sin rumbo fijo, conocí casualmente a un viejo pastor del que aprendí el oficio y al que, con el tiempo, acabé sustituyendo tras comprarle el rebaño, invirtiendo en ello todos mis ahorros.

******

Ahora vivo en lo más alto de un monte y en una cabaña de adobe. Llevo una vida de ermitaño, rodeado de ovejas y cabras, mis fieles y pacíficas compañeras. No me exigen más que los cuidados básicos y elementales para sobrevivir. Solo bajo al pueblo por necesidad: cada día a vender la leche y, una vez al año, la lana. Nadie puede reconocerme bajo este atuendo tan basto y rudimentario. Para ellos solo soy el nuevo pastor. Ahora vivo en paz y vuelvo a ser feliz.

Habré envejecido pero mi memoria se mantiene intacta. En una libreta he vuelto a escribir los cuentos que me contaba mi madre y que me sirvieron para ayudar a mis pacientes y convecinos antes de que se levantaran contra mí. Todas las noches, antes de acostarme, bajo la luz de un candil y yaciendo junto al rebaño, mi única compañía, leo en voz alta esas historias fantásticas que tantos buenos recuerdos me traen.


No sé si son imaginaciones mías, pero desde hace un tiempo, los animales parecen dormir mucho más plácidamente. A fin de cuentas, los animales también sueñan.